El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.
Puede sonar idiota que yo me lamente por cumplir 30 cuando en otros lados mucha gente sufre abusos y opresión. Y hay otras cosas más importantes de qué lamentarse, como la estupidez de un gobierno abyecto e ignorante, que se regocija en su miseria y mediocridad. Pero aquí hay demasiadas cosas que analizar, así que me remitiré solo a 2:
Primero: por qué elegimos a ese estúpido otra vez, si la primera ya nos llevó a la miseria y en su primer gobierno también hubo matanzas en la cárcel del Frontón.
Segundo: por qué seguimos creyendo que si muere un policía a muerto un héroe y si muere un indígena solo muere un salvaje. Por qué creemos que nosotros somos los civilizados y ellos los primitivos.
Y puedo dar vueltas en ese asunto mil veces y nada cambia. Seguimos creyendo que hay seres superiores a otros, mejores que otros, más sabios que otros. Y seguimos dejando a gran parte de la población en el olvido y la pobreza por estúpidas creencias nuestras. Y no sería tan grave si esas creencias solo se quedaran en nuestra mente y en nuestros pensamientos y en nuestras ideas y en nuestros hogares y en nuestra familia. Pero no, esas creencias se hacen acciones, se convierten en actos que tienen consecuencias.
Esas cosas que pensamos se convierten en discursos, esos discursos en creencias y esas creencias en actos, actos que matan, que destruyen seres, que generan llanto, sufrimiento, desolación, rabia, rencor.
Sufren por un lado policías, que reciben órdenes y que se enfrentan a sus hermanos. Sufren los indígenas, que defienden el lugar en donde han nacido y protegen su sistema de vida.
Mueren policías e indígenas.
No mueren políticos, no mueren físicamente, solo mueren moralmente, sumergidos cada vez más en la vileza. Portan un cargo que no son capaces de ocupar con inteligencia, y solo lo llenan de vergüenza, ajena, pero vergüenza al fin, porque yo creo que ninguno de ellos ha pensado realmente en cómo quedaran en los anales de la historia, en qué pensarán de ellos las siguientes generaciones.
El viernes en la mañana nos enteramos que habían matado a los indígenas que tomaron una porción de carretera en la selva. En la tarde, cuando fui a mi curso de antirracismo había muy pocos alumnos, la mayoría había ido al plantón en la Plaza Francia en apoyo de los pueblos amazónicos. La mayoría de los que estaban decidió convertir en praxis todo lo que en teoría nos habían dado las profesoras. Fuimos a apoyar el plantón, pero cuando llegamos a la plaza ya se habían ido, caminamos una buena cantidad de cuadras hasta que los encontramos y en la avenida Arequipa, junto al canal 4. Yo estaba con L, pero ella se aburría, no entendía bien lo que pasaba (eso me lo dijo después), estuvimos un rato y luego nos fuimos al Twin a ver una película, luego al Vale con otras amigas, luego al fin de fiesta del Outfest.
Actuamos como si nada hubiera pasado, seguimos con nuestras vidas como si nada ocurriera, y siempre pienso: ¿qué más podríamos hacer? Aparte de lamentarnos y participar de algunas manifestaciones. No sé si no sea coherente todo mi recorrido ese día, pero eso fue lo que hice.
Ayer, todos quedamos en ir a la marcha de hoy para seguir apoyando a los indígenas que defienden sus tierras de la ambición del gobierno. Para que todos los de la universidad vayan, ya que la mayoría no va si no lo obligan, cerraron la puerta de la facultad con candados y cadenas. Recordé la primera marcha a la que fui (hace muchos años, cuando estudiaba Derecho y Ciencia Política en San Marcos) contra Fujimori y Montesinos y contra la intervención militar en las universidades públicas y la matanza de los estudiantes en la universidad de la Cantuta. Esa vez me empujaron, me patearon, me tiraron al suelo, me arrinconaron contra un portal y me golpearon tanto que me rompieron la cabeza y hubieran seguido golpeándome si un chico no se acercaba y pedía que me soltaran y comenzaron a golpearlo a él y a mí me soltaron y yo me levanté a duras penas y comencé a caminar casi cayéndome porque solo veía estrellitas y todo se nublaba a mi alrededor, y por todos lados veía zapatos sin dueño tirados en el suelo, gente llorando, la mayoría mujeres, todas muy jóvenes, a las que también habían golpeado. Y yo seguía caminando tratando de llegar al paradero lo más rápido posible porque en casa estarían preocupados, y un chico se me acerca y señala mi frente y me dice: amiga, te está saliendo sangre. Y yo me cojo la cabeza y me mancho toda la mano y me limpio con papel higiénico pero es imposible limpiar todo y así llegué a mi casa, con la sangre seca en la cara y en la cabeza y le cuento a mis padres, y ellos prenden las noticias y buscamos en todos los canales y no aparece nada de lo que nos había pasado ese día, nada de nada, y era solo una muestra más del gran poder que tenían esos dos hombres que habían comprado con el dinero del pueblo los medios de comunicación.
Pero dejo los recuerdos para otro día. Después de mi clase de francés fui a la U y encontré todo cerrado, pero me quedé ahí. Todos los jueves tengo reunión con mi grupo Versiones, chicos y chicas gays y lesbianas que se reúnen para hacer algunas actividades culturales en la U. Hemos quedado en hacer una conferencia un día antes de la marcha del orgullo, repartir volantes, hacer afiches, y paneles y poner en el tapete la cuestión homosexual en la universidad. Terminada la reunión y regresé a casa en donde me esperaban mi hija y su papá para llevarme a comer, luego al cine y luego, de regreso otra vez, me cantaron el happy birthday y repartieron la torta.
Ahora escribo medio muerta de cansancio, así que si todo esto parece que no tuviera sentido me disculparán, pero no sé ni lo que escribo. Y no tengo ganas de corregir.