El jueves quedo con K para ir a una anticuchada. Yo, despistada como siempre, creo que la anticuchada es el jueves y no el sábado como lo leí varias veces. Entonces, en el carro de K y con otra amiga nos damos tremendo paseo por Surco, obviamente no encontramos nada. Cuando toco la puerta, la chica que sale me dice de mal humor: qué actividad se hace un jueves. En mi lógica esa respuesta es idiota, en la lógica del mundo es normal. Pobre jueves, nadie lo quiere.
K tiene el brazo rato y enyesado, el sábado la operan y está medio triste. Trato de darle cierto ánimo, pero no sirvo para eso. Generalmente digo la verdad y a veces soy muy sincera, pero es porque no me gusta mentirle a mis amigas. No sé cómo hacer para quitarle la tristeza y por más que haga sé que no cambiaré nada.
Luego del viaje a la nada, vamos al fulbito en el Chamochumbi. Hay pocas chicas y al final no juegan. Otro viaje inútil. Sigo conversando con K, sigo tratando de explicarle cosas que ni yo entiendo. Hacemos una revisión de nuestras batallas perdidas. Buscamos respuestas a problemas que ya hemos vivido miles de veces. Todo sigue igual. Lo único que queda es esperar. El tiempo ayuda, lo malo es que también te marca, te hace desconfiar, te deja heridas, te hace mirar atrás, te hace no correr riesgos, te hace querer volver a épocas felices. El tiempo ayuda, pero también daña.