Saliendo del closet

Me gustan las chicas desde pequeña. Creo que lo descubrí cuando estaba en 5° grado de primaria. Yo era tímida, introvertida y callada. Poco faltaba para que me agarraran de lorna. Y como en todas las aulas, estaba la más popular. Ahora ni recuerdo su nombre. Pero si recuerdo su rostro, su cabello castaño con bucles perfectos, su cuerpo  delgado y el desprecio con el que me miraba cuando mis ojos se posaban sobre los de ella.

Entonces, en una clase de danza, en la que yo no participaba porque la profesora había perdido toda esperanza de que yo pudiera armonizar los pasos, la vi bailando. Me quedé embelesada, hubiera querido acercarme a ella y acariaciarla, besarla, abrazarla, decirle que me gustaba muchísimo, que a pesar de todos sus desplantes yo la perdonaba. Pero sólo me quedé ahí mirándola, soñando con algo que sabía imposible. Primero, porque al darme cuenta de lo que sentía me puse muy mal, al llegar a casa me encerré en mi cuarto y me puse a llorar, yo sólo quería ser una niña normal, no quería tener esos sentimientos tan terribles dentro de mí, me sentía perdida, me preguntaba si Dios (en ese tiempo creía en él) no se había equivocado conmigo y me había colocado en el cuerpo incorrecto, todo hubiera sido más fácil si hubiese sido hombre, no tendría ningún miedo de conquistarla, o quizás sí, pero lo vería como algo normal y no cómo lo que sentía en esos instantes.  Me sentía miserable y repugnante, me odiaba a mí misma, detestaba mi ser y todo lo que me rodeaba. Poco a poco fui construyendo una enorme muralla alrededor de mí, que me salvara del autodesprecio, que me protegiera de la desolación, que me librara del temor. Y así fui creciendo.

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