No todo sobre mi madre

La relación que tengo con mi madre no es muy buena cuando vivimos juntas pero tampoco es terrible, por eso vivimos mejor separadas, nos extrañamos, y luego podemos conversar, pero juntas vivimos una situación histérico-neurótica imposible de soportar; lo mismo pasa con mi hermana mayor, es una mujer preparada, inteligente, fuerte, valiente, la admiro un montón, pero me resulta imposible vivir con ella, porque es autoritaria, perfeccionista, mandona, gritona e histérica igual que mi madre.

Por eso vivo con mi hija, feliz y tranquila, casi todo el tiempo. Pero esa es otra historia un poco complicada que quizás algún día me anime a contarles.

A lo que iba es a lo que sentía por mi madre. Para eso tengo que comenzar con mi infancia. Yo adoraba a mi madre, a su lado me sentía protegida, cuidada, a pesar de ser fría e indiferente con nosotras. Cuando ella se iba a una fiesta, lo que me parecía a mí que era muy seguido, nos dejaba con unas muchachas que hacían como si fueran nuestras nanas, la mía se llamaba Carmen, y era buena y dulce, la de mi hermana se llamaba María, y era gruñona y desagradable. Yo dormía con Carmen pero extrañaba a mi madre toda la noche, recuerdo que tendría tres o cuatro años, mi hermana cuatro o cinco. Mi padre trabajaba de amanecida y no sabía que mi madre salía en las noches, pero no salía todas las noches, sólo los fines de semana, los otros días era una mujer común y corriente preocupada por sus hijas.

El problema con mi madre es que tuvo a sus hijos muy joven, a mi hermana a los 18 y a mí a los 19, mi padre le llevaba más de 30 años, cuando yo nací el tenía 52 ó 53, no soy buena recordando fechas, edades o números. No vivió bien su juventud porque según ella se llenó de hijos muy pronto y se jodió.

Entonces la pobre se aburría mucho con mi padre, lo quería pero no como a un esposo sino como a un padre, estuvo a su lado cuando ella más lo necesitaba y realmente le sentía un gran cariño y respeto, pero lo demostraba de formas poco convencionales, y a veces, la juventud le jugaba malas pasadas y se comportaba como una niña malcriada.

Pero mi padre tampoco era un santo, era supermujerigo, todas las empleadas, vendedoras, vecinas, lo que fuera que tuviese vagina tenía que pasar por su cama, era realmente un depredador. Con sus hijos siempre fue bueno y cariñoso, eso no se lo puedo reprochar, pero con mis primos, que fueron abandonados por su madre (mi tía, hermana mayor de mi madre) era muy malo. Y yo no entendía cómo un hombre que le daba tanto amor a sus hijos podía detestar tanto a otros niños que aunque no quisiera venían a ser su familia. Pero esa también es otra historia.

El asunto es que mi madre no nos demostraba su afecto como una madre normal lo haría, seguro porque tuvo una infancia desgraciada y no pudo vivir con su madre como ella hubiese querido, se repartieron a sus hermanas y a ella entre varias familias y nunca vivieron juntas, y cuando ya grandes lograron juntarse eran tan diferentes y se detestaban tanto que no podían vivir juntas. Imagino que por todo lo que sufrió su corazon se había cubierto de un caparazón impenetrable. Y ese corazón fue el que nos crió a nosotros, sin palabras de afecto, sin abrazos, sin te quieros, sin cariño, sin amor.

Además, y creo que lo más importante (en lo que concierne a mí claro) detesta a las lesbianas, les dan asco, no entiende como dos mujeres pueden besarse y hacer cochinadas juntas, y, por lo que comprenderán, mi madre no sabe nada de mí, o sólo sabe lo que yo quiero que sepa, pero desconoce completamente mi interior, y no pienso decirle que soy lesbiana o bisexual o lo que yo sea. No podría soportar su mirada de reproche y asco, porque a pesar de que ella no me dio mucho amor, ni a ninguno de sus hijos, sus palabras y sus actos me siguen importando y afectan mi vida.