Gracias

Sé lo que es el amor, me enamoré un par de veces, las dos veces me trataron como a trapeador, pero yo hice lo mismo con gente que ni recuerdo. Sólo recuerdo a los que me lastimaron, y eso se llama egoísmo del más puro. Pero así es el ser humano. Por eso es bueno, a veces, no amar, no sentir, no pensar. Tranquilidad duradera. Pensamientos claros y razonables. Soledad de la buena, y de la mala también. No tengo por quién llorar en el día. No tengo por quién embriagarme en la noche. Busco constantemente miradas que me perturben. Sonrisas que me digan más de lo que dicen unos simples dientes blancos. Manos que al contacto me estremezcan. Nadie llora por mí. Lloro por cualquier cosa menos por el amor. Lamento los caminos vacíos en las noches, los carros llenos de borrachos, la mejilla en la ventana viendo a la poca gente que queda en las calles pasar. Lamento el dolor de pies, el mareo de la embriaguez, la resaca del día siguiente. Lamento derramar una lágrima cada vez que me despido. Lamento que no pase nada y que pase todo a la vez. Detesto la soledad, pero creo que ella es la única que me ama.

El que sigue es un poema de Wislawa Szymborska (el que más me gusta):

Agradecimiento

Mucho debo
a quienes no amo.

El alivio al enterarme
que intiman con otros.

La alegría de no ser
el lobo de sus corderos.

En paz estoy con ellos,
y en libertad,
dos cosas que el amor no puede dar
ni sabe tomar.

No les espero,
yendo y viniendo de la puerta a la ventana.
Con la paciencia
de un reloj de sol,
comprendo lo que el amor no comprende,
perdono
lo que el amor jamás perdonaría.

Entre una carta y una cita
no transcurre la eternidad
sino sólo días o semanas.
Los viajes son siempre perfectos a su lado,
los conciertos se escuchan,
las catedrales se visitan
y los paisajes se contemplan.

Y cuando siete montes y ríos
nos separan,
son montes y ríos
señalados en el mapa.

Suyo es el mérito
de poder yo vivir en tres dimensiones,
de un espacio no lírico y no retórico,
frente a un horizonte movedizo y, por tanto, real.

Ignoran
cuánto me entregan sus manos vacías.

“Nada les debo”,
diría el amor
acerca de tan discutible cuestión.

Bette y Tina

Conocí hace poco a Bette y a Tina, dos mujeres que se aman como el primer día, dos mujeres ya mayores (una tiene 36, la otra 39), pero cuando se miran se quedan en los veinte, se aman como si tuvieran 20 y ese es todo un mérito en estos tiempos. Cuando las miro creo que se puede amar de verdad, que el amor no es una mierda, como tantas veces lo repito, pero no sé cómo será con ellas en la intimidad, nunca compartiré sus despertares, nunca compartiré sus almuerzos ni sus cenas, nunca compartiré el baño ni la cama en donde han pasado sus vidas. Sólo puedo suponer, por la forma en que se toman de las manos y el sonido de sus voces al hablarse entre ellas, una conexión que yo no tengo con nadie. Una conexión más fuerte que el universo entero. Y creo que eso es el amor.

 

Me las presentó la chica que me dejó plantada el miércoles, la disculpé, y bueno quiso reparar el daño, acepté otra vez. A las 7 en El Pacífico. Ok. Llegué a las 7, no estaba. Como a las 7 y 15 me llama: ¿ya llegaste?. Si, estoy aquí, en la puerta que está frente a Saga. ¿Cómo te reconozco? Soy la única que está sentada (como una huevona esperando que llegues otra vez, pero eso no le dije). Ok.

 

Así que tú eres la famosa exploradora lunar. Pues sí. (qué esperabas, ¿una astronauta?, pero eso tampoco le dije). No la miro a los ojos, me pone nerviosa cualquier situación que tenga que ver con relacionarse con seres humanos. Sólo la sigo mientras camina y habla sin parar. No parece que tienes 28, no parece que tienes una hija (no parece que escribas ese blog que tanto me fascina, eso no dijo). Pues sí.

 

Me gustaría ser un encanto. La mujer más sociable del mundo. La que entra a un lugar y lo llena de gracia. La que llega a un grupo y lo llena de vida. Pero no, soy seria, callada y tímida. Estamos en el hall del cine, me dice: hay un problema. ¿Cuál?, le pregunto (pienso, no, con que cagada me saldrá ahora). No vamos a poder ir al cine. ¿Por qué?. Unas amigas quieren verme, uhmmm, ¿quieres ir?. Bueno. Ya, vamos. ¿A dónde? A un bar por acá. Ya. Pero yo no voy a tomar. ¿Por qué? Me siento un poco mal.  Bueno.

 

Caminamos por Berlín. Hablamos de cualquier cosa. Su amiga (Bette) la estaba esperando en la puerta del bar. ¿Ellas son como nosotras?, le pregunto. Sí, son pareja.  Llegamos, se saludan, me presenta, y nos sentamos. La otra todavía no llega. Piden una cerveza.  Conversan, yo las escucho, tratan de ser amables conmigo, interesarse en mis cosas, me hago la loca, sigo la corriente. Mi amiga me dice: dos cervezas y nos vamos, mañana tengo que trabajar. Ok.

 

Cuando llega Tina, ya íbamos por la cuarta, seguimos conversando, voy al baño unas veinte veces (debo tener la vejiga pequeña o jodida). Me mojo el cabello, me vuelvo a sentar. Me gustaría saber qué conversan cuando me voy, pero es imposible. No creo que sea de mí, pero es simple curiosidad. En la sexta ya estábamos mareadas. Mi amiga bota dos cervezas las dos veces que va al baño. Ella se moja, yo también. Habla de alguien que no conozco y que desapareció de su vida sin dejar rastro y que la odia y no sé qué más. Estamos jodidas. Pero no habla conmigo, habla con ellas.

 

No recuerdo en qué momento pero le pregunto a Tina si ella (mi amiga) sigue enamorada de la otra, a pesar de lo que le hizo. No recuerdo lo que me contesta exactamente, pero como que siente cosas que no puede superar, me da esa idea.  La llaman por teléfono, es un muchacho. Le dice que ya va, que la espere. Me siento molesta, no sé por qué, se supone que no debería molestarme.  Así que me pregunto qué es lo que me molesta: ¿Que la llame un hombre?, ¿qué le diga que ya va?,  ¿qué se vaya y que me deje?, ¿qué me invite a salir después de haberme dejado bien plantada el día anterior y que después me deje de nuevo para irse con el pata? No sé, podría ser cualquiera de ellas, podría ser ninguna.

 

Se acerca Bette y me dice: Tú me dices un secreto, yo te digo un secreto. Ya, le digo. Yo primera. Ok. No recuerdo su secreto (que piña, sí que estaba borracha). Yo le digo el mío: me gusta tu amiga. Se ríe. Ya, otro secreto. Bueno, no tengo ningún secreto creo (sólo que estoy molesta y que me muero por romperle la cara a alguien, si es un maniquí mejor, pero ese secreto no se podía decir). Así que pongo cara de niña buena y le digo que no tengo secretos. Entonces, ella ya no puede decirme los suyos. Y se termina el juego.

 

Se ponen a cantar todas las canciones de lesbianas que recuerdan. Luego se entusiasman y quieren ir al Twin a bailar. Yo las sigo. Llegamos pero el Twin está cerrado. Ellas se despiden, se van tomadas de la mano a casa. Mi amiga me pregunta si estoy bien. Sí, le digo, no podría estar mejor, mientras pateo todo lo que encuentro en mi camino. Llegamos a la esquina, estamos como a metro y medio de distancia. Porque si quieres te pago el taxi. No gracias, estoy bien. De nuevo la llaman. Si, ya voy, le dice, espérame un rato. Me doy media vuelta y me voy. Ya era suficiente por ese día.

 

Camino nuevamente por las calles semivacías. ¿Qué esperabas? me pregunto, ¿qué esperabas? Me lo pregunto mil veces, mientras las lágrimas corren por mis mejillas sin poderse contener. Me siento nuevamente en el pastito que está frente a Plaza Vea. Lloro como una niña. Ese se está convirtiendo en el sitio perfecto para mí. Sería capaz de quedarme ahí a dormir. El pasto se siente tan suave y acogedor. Y yo me siento tan mareada y extraña que no tengo ganas de ir a ningún lado. Menos con esa sensación que me corroía por dentro.

 

Pero pasan los minutos y también pasa mi carro. Lo paro y subo corriendo, me siento en el último asiento. El cobrador se acerca, me sueno la nariz creo que con demasiada fuerza porque unos borrachos se despiertan. Me río, le pago y se va. Luego me quedo dormida, despierto porque unos borrachos hacen un ruido infernal. Me doy cuenta que me pasé. Mierda, me bajo del carro. Cruzo la pista, tomo un taxi, llego a mi casa. Mi hija duerme plácidamente en mi cama. No quiero molestarla y me echo en la de ella. Me saco la ropa, el calor es insoportable y me duermo. No recuerdo en qué momento me caí de la cama, solo recuerdo el golpe y el ruido. Estoy tirada en el suelo, semidesnuda, en plena oscuridad, con la espalda y las piernas adoloridas. No sé si reír o llorar. Prefiero reír. Y río, río estruendosamente sintiendo el frío del piso y el dolor de mi cuerpo. Me quedo ahí como media hora. Me levanto y me vuelvo a echar en la cama. Me siento feliz y no sé por qué. Debe ser por estar en casa, porque no me pasó nada en el camino, porque mi hija está a mi lado. Es la única mujer que todavía no me deja. Ya llegará el momento. No lo espero con impaciencia.