Pienso en ella

La pienso en el trabajo. La pienso en la universidad. La pienso en los taxis que se han vuelto en mi segundo hogar. Todos los días del trabajo a la universidad en taxi, en eso se va mi sueldo, pero es necesario para poder terminar bien este semestre, ya no hablo con los taxistas, solo les pido que se apuren, evito muchos problemas y aprovecho para leer en el trayecto, para no pensarla, para dejarla atrás. La pienso en mi habitación cuando me dispongo a dormir, cuando le deseo las buenas noches a todos, cuando mi hija ya duerme, cuando apago la luz. Mi último pensamiento es ella.

¿Por qué la pienso?

Me siento fragmentada, como una estrella de mar que ha perdido una de sus puntas y está varada en una sucia orilla de una sucia playa. Y las puntas que me quedan están incrustadas de ella, de su cuerpo, de su olor, de su sonrisa, como algo inseparable, y la única parte que podía salvarme, la única que no la tenía a ella clavada como una espada se encuentra perdida en un sucio mar de un sucio balneario. Y el sol me quema mientras pienso en ella, termina con la poca agua que me queda en el cuerpo, me deja seca, agotada, sedienta, frenética por levantarme y escapar de sus humillantes rayos pero sin la fuerza para hacerlo.

¿Por qué la recuerdo?

En las noches solitarias, cuando salgo de mis clases y camino sola hacia mi casa, sin querer hablar con nadie para que no interrumpan mis pensamientos, las cuatro cuadras que recorro de la universidad al paradero, son las cuatro cuadras más tristes por las que he caminado en toda mi vida: oscuras y desesperanzadoras, cómo lo que sentía por ella, como lo que no me permite olvidarla aún.

¿Por qué no olvido?

No quiero olvidar su sonrisa torcida, sus ojos juguetones, su mirada sobre la mía. Aún guardo la caja del chocolate gigante que me regaló, aún tengo ese sabor dulcísimo de las tejas que me trajo un día. Aún siento el peso de esos zapatos que usa y su teléfono incansable. Aún siento su peso y sus besos y sus caricias y sus palabras. Aún me pesa cuando me llamaba “amor” y yo creía que era su amor pero no era nada. Aún lloro cuando la recuerdo.

¿Por qué lloro?

Las lágrimas brotan como sangre derramada en medio de la calle, pesadas, densas, llenas de angustia. Salen como si no hubieran salido nunca, como si fuera la primera vez que me hundo en el llanto y nado sumergida hasta la cabeza en ese mar de recuerdos y pesares. Y quiero salir de ese mar espeso que me jala hacia lo profundo de él, desesperada, pero es sábado, estoy sola y ella está lejos.

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