Otro taller

Ayer fue mi primer día del “Taller de periodismo narrativo: Cómo hacer de una nota periodística un libro” en el Instituto Porras Barrenechea (el que está casi al frente del Twin siiiii), y la pasé bien. Creo haber aprendido varias cosas que ya sabía por instinto, pero que no encontraba la forma de definirlas, de explicar por qué las escribía así, o un método para llevarlas a cabo. Frecuentemente escribo sin parar y solo me paro para corregir los errores ortográficos (esos son los beneficios y las debilidades de un blog).

No sé si esto de aprender a escribir crónicas periodísticas mediante una serie de técnicas y estrategias esté bien o mal, porque al final solo se sigue la fórmula y se hace lo mismo de forma mecanizada, pero algo bueno ha de tener si con ello se consigue que la gente lea un poco más de lo que haría generalmente.

El taller dura dos semanas, dos días cada una de ellas, en total cuatro días intensos en los que tenemos que escribir de forma apresurada (imagino que así es la presión en los periódicos). Somos 25 alumnos, la mayoría son jóvenes, la mayoría estudiantes de Comunicación, aunque también hay un profesor, un veterinario, un militar, un administrador y yo.

La primera tarea fue leer un artículo sobre Chespirito y sus personajes, y escribir una entrada que atrape al lector. Luego, teníamos que leerlo. El profesor es cronista de El Comercio y tiene mucha experiencia en esto. Nos repartió una infografía y comenzamos. Ya nos había dado las herramientas que debíamos utilizar, pero plasmarlo en un papel es otra cosa. Estas herramientas son como etapas que debemos atravesar para lograr lo que queremos:

1. Las palabras: ampliar nuestro vocabulario para poder encontrar las palabras exactas que expresen lo que queremos decir y eso solo se logra leyendo.

2. El ritmo: hacer que la lectura se haga de forma sencilla, con naturalidad, que se sienta como si nos estuvieran contando una historia, que tenga musicalidad, un sonido interno reconocible, que nos mueva y nos lleve dentro de la historia que es contada.

3. La idea: esto es lo principal, pero muchas veces no se consigue, y entonces lo que se escribe no perdura, se convierte en una nota olvidada de un día más de un periódico cualquiera, y eso es lo que se trata de evitar con la crónica, que la noticia sea tan volátil que desaparezca y no quede nada de ella, a pesar de que las crónicas se construyen con historias que son muy volubles al transcurso del tiempo.

En resumen: un buen uso del lenguaje, cierta naturalidad para escribir y encontrar una idea eje que movilice el texto son lo básico para empezar a escribir una crónica o cualquier historia en general. Me refiero a empezar con el primer párrafo del texto.

De las tres estrategias, la que me interesó más fue la tercera: la idea.

Se supone que al escribir tratamos que las personas se pongan bajo nuestra piel, el hecho de hacer reconocible lo que nos pasa o lo que le pasa a los personajes de nuestra historia con lo que le pasa a los demás o con lo que le puede pasar a cualquiera en algún momento de su vida, es la fórmula del éxito de muchos escritores, con la salvedad de que el valor agregado que el escritor le da es su estilo característico, su visión particular y su forma personal de contar las cosas.

Pero la idea es encontrar, como ya decía, el eje que movilice el texto, y esta idea debe ser general, es decir, universal, que aquí o en la Cochinchina, el que lea se sienta estremecido por lo narrado, ya sea un filipino, un australiano o un pielroja. Lo que hace que una persona se enganche a un texto es la empatía que se puede generar con él, un feeling muchas veces indescifrable que nos conmueve. La tarea del escritor, del cronista o de cualquiera que quiera contar una historia es cautivar al lector, pero sin vender su alma.

Entonces, cuando nos dieron la tarea de escribir sobre Chespirito, pues busqué la idea universal que hiciera que cualquiera pudiera sentirse identificado con su vida o con sus creaciones. Era una locura de veinte minutos desesperantes de escribir, borronear, volver a escribir, romper lo escrito, comenzar otra vez y sentir que no has dicho lo que querías (como me sucede habitualmente).

Al final trabajé la idea de la infancia perdida, algo con lo que todos se pueden identificar: todos hemos sido niños, nuestras experiencias estructurales se formaron en esa etapa, todos sentimos que hemos perdido algo, bueno o malo, cuando recordamos ese tiempo. Nada es lo mismo al pasar de niño a adolescente, de adolescente a joven, de joven a adulto, de adulto a viejo, de viejo a nada. En cada etapa se pierde algo, pero hay muchas cosas que se pierden en la infancia que no se recuperan, puede ser un padre, una madre, un hermano, un familiar cercano o lejano, una mascota, un amigo, y en todas ellas confluye algo que no recuperamos nunca: la inocencia.

Más adelante perdemos la confianza y la volvemos a recuperar, perdemos la esperanza y la ubicamos en un rinconcito de nuestra alma, perdemos la fe pero esa es una decisión completamente personal y adulta, perdemos amores pero vienen otros, repartimos sonrisas y lágrimas pero estas no se llegan a agotar; la felicidad, la tristeza, el dolor, la pena, el júbilo, la alegría son emociones que van y vienen en nuestro continuo recorrer por las experiencias humanas. Pero la inocencia no tengo forma de recuperarla. Nada va a hacer que yo vuelva a ser tan inocente como un niño. Nada.

Pero puedo hacer el intento de rememorar esos días de inocencia perdida. Solamente prendo el televisor, ubico el canal en donde siempre (nunca una palabra tan exacta) pasan los programas tantas veces vistos y observo cómo Cami, mi hija de cuatro años, se aprende las mismas escenas, los mismos chistes y las mismas historias que yo aprendí un día muy lejano; y cómo su padre, un hombre serio de más de treinta años, sonríe como un niño y se le ilumina el rostro al ver su infancia recuperada en tan solo unos minutos. Y sé, que viendo juntos a dos de los seres que más quiero, recupero algo que no es inocencia pero que se parece mucho a ella.

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