Sin comunicación

La última vez que estuve sin celular fue hace unos días, olvidé llevar mi cargador a mi cuarto y estuve sin cargar al pobre tres días. Cuando volví a cargarlo no había recibido ni una sola llamada, ya no sé ni para qué sirve, quizás solo sea útil cuando tenga pareja, porque cuando ando sola ni existo. O mejor le compro uno a mi hija para que ella me llame (seguro que sí lo haría).

Hoy lo olvidé en casa, no puedo evitar la ansiedad de saber que alguien pudiera estar llamándome y yo no pueda responder. Pero, como me lo ha enseñado la experiencia, cuando llegue a casa y lo revise estará más vacío que mi cuenta en el banco (por lo menos ahí tengo unos céntimos).

Las cosas siguen sin novedad en el trabajo y en la casa, aunque tuve una discusión por culpa de Vargas Llosa, pero eso es harina de otro costal. Estoy escribiendo algo sobre cómo aprender a ser una mierda y no sentir el menor remordimiento, está saliendo muy cínico, pero no me gusta corregir (estilísticamente hablando) lo que escribo, que salga como sea, total, es como para mi psiconalista, no para el Nobel.

Ahora yo veo que en el trabajo llaman a todo el mundo menos a mí, me refiero a que todos han dado el teléfono del trabajo como si fuera el de la casa, entonces tenemos llamadas de mamás, papás, esposas, esposos, enamoradas, novios, abuelos y vecinos. El jefe siempre tiene que estar pasando la voz a alguien porque lo llaman por teléfono. Me parece una conchudez. Pero también nos pasamos media vida en la oficina, así que hay razones para ello (además, las llamadas a fijos son más baratas).

Hoy voy a ver Batman en el cine de Jesus María, estoy atrasada con esto de las películas, pero no he tenido muchas ganas de nada. La próxima es Sex and the city (debería haber una de ambiente, sería superloca).

¿Yo podría ser alguien tipo Carrie Bradshaw? claro que con menos plata, menos conocimientos de moda, menos fiestera, menos promiscua (buuuuuuu), con menos amigas, menos fashion y con menos glamour, porque linda no es. Lo único que nos une es la escritura.

Total, sería una Carrie bien monse sino fuera porque nos gusta escribir, nos ilusionamos feo con el/la primera que aparece en nuestras vidas, creemos que hemos encontrado a la persona ideal, y al final de cada capítulo nos quedamos solas, preguntándonos qué pasó, qué hicimos mal, reflexionando sobre nuestros actos, escribiéndolos y voviendo a cometer los mismos errores de siempre. Porque quizás en el fondo es parte de nuestra naturaleza eso de ilusionarnos y buscar la felicidad en cualquiera. La consecuente desilusión ya no es parte de nuestra naturaleza, sino de nuestra estupidez (léase inocencia), pero de eso no te libra ni mil corazones rotos.