Soñando

Sueño que vuelves. Luego te vas. Y todo vuelve a ser cómo antes. Soledad y frío. En mi habitación siempre estoy bien acompañada. Estas dos sensaciones que no me sueltan, que van en pos de mis circunstancias. A las que por un momento dejo porque creo encontrar la felicidad, pero cuando esta felicidad me demuestra que no lo es, cuando me dice que era cualquier cosas menos lo que soñaba, ellas vuelven, arrolladoras, otra vez, a seguir acompañándome, a seguir llenando mis días y velando mis noches. Y cuando vuelven son más resistententes a la partida. Se hace más complicado querer intentar algo, cambiar la situación, rebelarse ante los hechos.

Porque esos hechos son mi vida cotidiana. Pero algunas veces me gustaría volver atrás y seguir soñando: con lo que pudo ser, con lo que ya no será. Sé que esto puede confundirme, pero no. Digo tu nombre y cada letra me cuesta. En momentos específicos pesan demasiado. Aunque la mayoría de veces son tan ligeras que pueden reemplazarse por otras letras. Y eso es lo que me hace demasiado lúcida, que todo puede reemplazarse. Hasta las letras de un nombre. Un nombre que importó en algún momento, que pesa algunos instantes, pero que va borrándose lentamente.

Dicen que en algún momento de nuestro incierto futuro podremos cambiar nuestros órganos inservibles por otros mejores, potenciados al límite, capaces de hacer más de lo que los antiguos podían. Un brazo, una pierna, un ojo, un hígado, hasta un cerebro, todo podrá ser reemplazado. El diseño se adaptará a nuestros gustos. Hasta nosotros mismos podremos reemplazarlo sin necesidad de alguien especializado. Claro, la primera vez tendremos que pasar por una ligera operación, pero la segunda iremos a una tienda y pediremos, por ejemplo, un ojo, sacaremos el que ya se gastó o se dañó por un millón de circunstancias imprevisibles y nos colocaremos el nuevo. Saldremos felices con nuestro ojo recién estrenado, viendo las cosas distitntas, los colores más brillantes, abarcando longitudes más amplias, hasta con la posibilidad de ver debajo de capas como la vestimenta o la piel.

Me gustaría poder entrar a una de esas tiendas del futuro, pedir un corazón, pagarlo, sacarme el antiguo, colocarme el nuevo y volver a empezar. Pediría un corazón de quince años. Uno que no sea muy sensible. Uno a prueba de balas. Uno que pueda depurar malos sentimientos. Un corazón de melón.