Out

Martha Nussbaum nos dice que son tres las habilidades básicas para cultivar la humanidad:

1. La capacidad de hacer un examen crítico de uno mismo y de sus propias tradiciones, es decir, cuestionar toda forma de dogamtismo e imposición de las creencias y los conocimientos.
2. Sentirnos miembros pertenecientes –ciudadanos- de una gran comunidad que abarca a todos los seres humanos, más allá de nuestras identificaciones regionales, étnicas, religiosas o de cualquier otro tipo.
3. La capacidad de sentirnos en el plano de otras personas, de comprender las emociones, los sentimientos y aspiraciones de otros.

Ella es filósofa y profesora. Enseña Leyes y Ética en una universidad de EE. UU. Estuvo en el Perú el año pasado, para un evento de la PUCP que me perdí.

Sus tres puntos no son difíciles de realizar, de ahí lo paradójico del hecho de que no se haga, de que no sea lo ordinario, que no sea algo común a la experiencia humana, que se prefiera lo basto y lo burdo en lugar del análisis y la trascendencia, pero trascender no para estar sobre los demás, sino para cada día ser más como los demás. Ser más humano.

La autocrítica es vital, me analizo hasta la saciedad en cada uno de mis actos, por qué, porque ya se ha convertido en una necesidad espiritual, porque creo que se nos ha dado la posibilidad de hacerlo y mejorar, y esa posibilidad no debe ser desaprovechada, no debe dejarse para que los cerdos hagan un festín de ella. Debe ser una tarea cotidiana, una constante búsqueda de la perfección personal inalcanzable, pero verdadera y responsable. No estamos aquí por nada, tampoco sé si por algo, pero por lo menos debemos hacer el intento de perseguirla.

Luego de criticarnos a nosotros mismos, criticamos todo lo que creemos. Podemos comenzar por esa institución degeneradora llamada “familia”, o si queremos ser más macros por aquello que consideramos nuestra “sociedad” (y que nunca nos incluirá), o si buscamos ser más espirituales, por esa hermosa idea llamada “Dios”, o si buscamos algo más terreno por esos sentimientos llamados “amor”, “odio”, “miedo”, “gratitud”, “vergüenza”, “rencor”, “deseo”. O si queremos retraernos a una etapa infantil, a esa cárcel llamada “escuela”, o si queremos tratar sobre algo de lo que jamás escaparemos, critiquemos nuestra otra cárcel: “la sexualidad”.

Sobre lo segundo, sí me siento parte de esa gran comunidad (a veces), me siento ciudadana (a veces), pero qué hace que yo me sienta ciudadana, quizás el desconocimiento de mis derechos, si los conociera todos sabría que tantas cosas que están estipuladas por las leyes y protegidas por un “Estado” no se cumplen ni se cumplirán, es más, se violan tan sistemáticamente que ya creemos que eso es lo “normal”, entonces el requisito para ser una ciudadana no se cumple, no seré nunca parte de esta sociedad ni ciudadana ni nada mientras desconozca la mayoría de mis derechos. Estamos totalmente desprotegidoas a pesar de las miles de leyes que, se supone, nos protegen. No somos nada si no nos sentimos ciudadanos, si ignoramos, o si permitimos lo impermitible. Soy nada.

Pero no es solo una cuestión de desconocimiento parcial de mis derechos, también se incluye la poca identificación que siento hacia los grupos en los que se supone estoy incluida, lo que no me aparta de luchar por muchas reivindicaciones necesarias, pero que me mantiene al margen de todos. No me siento ni muy mujer ni muy sexual ni muy madre ni muy estudiante ni muy universitaria ni muy hija ni muy nada. No me siento parte, es más, me siento partida. Me siento fuera. Estoy out.

Sobre lo tercero, eso sí, soy capaz de eso, el problema es que solo cuando estoy conciente, cuando tengo uso de razón, frecuentemente con gente que no tiene nada que ver conmigo mas que el hecho de compartir las mismas caracterísitcas de humanidad, pero cuando mi razón está anulada, ya sea por un ridículo sentimiento de amistad hacia quien no lo merece, o por una ceguera romántica que casi nunca es recíproca, o por cierta gratitud por una casi vida juntos, entonces ya soy incapaz de ponerme en la piel del otro, me quedo en mi piel, y yo, en mi piel, simplemente me comporto miserablemente. Necesito esas máscaras de amor, amistad o gratitud para parecer un ser humano.

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