El primer beso de Z

 

Z era una niña muy inocente y muy miedosa también. Tenía unos 11 años cuando conoció a su tío materno. Ella había oído hablar de él, pero nunca lo había visto. Esta era la primera vez que lo veía. Todo lo que había escuchado de él era muy misterioso. Su madre nunca le mencionó en qué trabajaba, a qué se dedicaba ahora y en dónde había estado todo ese tiempo.

 

Se enteró de muchas cosas cuando su primo le contó lo que nadie le quería contar. Su tío era un peligroso criminal, respetado en el mundo del hampa y acababa de salir de prisión. Era lo que ahora se conocería como injerto o marca. Su tío era un delincuente, un ladrón. Había salido en los periódicos. Su primo se los mostró. No lo podía creer, aunque había sospechado algo muy oscuro. Pero ella no sentía la menor vergüenza por ello.

 

Pensaba que no era necesario ni siquiera tener miedo. Imaginaba que había sufrido mucho en la cárcel. Era su tío, el hermano de su madre. quería quererlo. Él llegó y se instaló en una habitación del primer piso. Cada fin de semana lo veía llegar desde la ventana de su habitación en el segundo piso. Lo veía con diferentes mujeres. Muy guapas, muy bien vestidas. Él también siempre andaba elegante, comprando cosas, llevando una buena vida.

 

Un día abrió el ropero de su madre y encontró grandes cantidades de dinero amontonadas en un cajón. Nunca había visto tanto dinero junto. Fajos y fajos de billetes. Tuvo la tentación de tomar uno de ellos. Su madre nunca se daría cuenta. Pero no lo hizo. Era demasiado niña buena.

 

Le tenía cariño a su tío, pero también cierto rechazo. Pero eso sucedía con todos. La gente le gustaba, pero huía de ella. Simplemente era insoportable entablar relaciones de cualquier tipo. Era un esfuerzo que no se quería tomar. No le nacía. Pero por su madre y porque en el fondo era muy buena hizo el intento de por lo menos caerle bien. Lo acompañaba y conversaba con él. Veían televisión juntos. Jugaban. Salían de compras.

 

Un día, cuando ella estaba sentada viendo tele, él llegó. Ella se alegró y se levantó para saludarlo. Él se acercó a ella para darle un beso en la mejilla, pero sus labios se fueron a la boca. Sus labios casi devoraron los pequeños labios de Z. Ella estaba paralizada del terror. Sentía su saliva, su lengua y sus manos en su cara. También su aliento a licor y pánico de que entrara alguien y la viera en esa situación vergonzosa. Pero a la vez con unos deseos inmensos de que alguien se acercara para sacarla de esa situación.

 

Cuando terminó de besarla se tiró en su cama y se quedó dormido. Ella seguía paralizada. Cuando reaccionó se fue a su habitación, se tiró en su cama y se puso a llorar. Su primer beso se lo había dado su tío. No fue nada romántico, ni bonito ni ideal como ella había soñado. Fue un beso sexual, arrecho, maleado. Un beso lleno de malas intenciones.

 

Estaba aterrorizada. Si había llegado a besarla, cualquier día podían pasar cosas peores. Entonces deseó que se muera, lo deseó con todas su fuerzas. Se concentró toda la noche en ese pensamiento: que se muera, que se muera, que se muera,, que se muera.

 

Pero sus deseos de niña no eran tan fáciles de cumplir. Ahora lo evitaba, huía de su presencia. Él actuaba como si nada hubiera pasado. Como si no recordara nada. Y quizás era cierto. Estaba ebrio. La memoria se pierde. Pero ella no olvidaba, no podría olvidarlo nunca.

 

Toda la semana siguió deseando su muerte. Aunque le pareciera imposible de cumplir  no perdía nada deseándolo, soñando con que fuera posible. Había prometido a quien sea que la escuchara que sería más buena que nunca, más estudiosa que nunca, más obediente e inteligente que nunca. Y se cumplió.

 

Su tío salió con su banda y lo mataron en pleno asalto a un banco. Salió en todos los periódicos. Ella usó sus propinas para comprarlos todos. Recortó las noticias y las guardó. Nada le pudo borrar la sonrisa esos días. Toda la familia se reunió para llorarlo y ella era la única que saltaba, jugaba y hacía otras cosas en lugar de lamentarse por la muerte del tío. Ella estaba feliz, su más profundo deseo se había cumplido.

 

Z creció con la idea de que había muerto gracias a ella, a su intenso deseo, a haberlo pedido tan insistentemente. Aún lo cree.

 

 

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