Madagascar

Dos de las mejores películas animadas que he visto son Madagascar 1 y 2, pero no por la historia (que es linda) sino por esos momentos que parecen hechos por un grupo de personas felices.

 

En la primera, cuando a Marty, la cebra (que parece el protagonista pero luego nos damos cuenta que no lo es) llega a la edad en que uno comienza a cuestionarse para que mierda vive, y sus amigos le aconsejan que no haga locuras, que deje las cosas como están, que todo va bien con ellos y que deje de joder (o sea, lo que hacen los amigos de verdad), y decide irse a buscar aventuras y eso que llamamos “el sentido de la vida”, su amigos van detrás de él para hacer lo que hacen los verdaderos amigos: no dejar que hagas lo que quiere el corazón, sino la razón, para así evitarte mucho sufrimiento y que no les jodas la vida a ellos también, porque si son tus verdaderos amigos van a compartir contigo tus penas (y eso hay que tratar de evitarlo lo más posible), entonces se meten en un montón de problemas y cosas locas.

 

Pero eso no era lo que quería decir de esta pela, sino que es superdroga, cuando le disparan a Alex, el león, para doparlo, este se manda una alucinada brava, como 5 minutos de alucinaciones que para aquellos que han probado alguna vez drogas en su vida, se les hará muy familiar. Y para aquellos que han querido salir de una vida de drogas legales e ilegales se les hará conocido el proceso por el que pasa Alex para no tratar de probar carne ni comerse a su mejor amigo. E imagino que hay más escenas por el estilo, pero solo la vi una vez.

 

Entonces, Madagascar es la primera película para niños más pastrula que he visto en mi vida. Y Madagascar 2 es la película animada para niños más gay que he visto, o mejor dicho, la que muestra la mayor aceptación por las diferentes formas de amar que existen.

 

Primero aparece el rey Julien (no sé si se escribe así), ese lemur loco, vestido como mujer (o sea, travestido), con una falda tribal y un sostén de cocos bailando frente a todos los lemures y demás animales, y cuando termina les pregunta: ¿alguien sintió atracción por mí? Todos se quedan sorprendidos, pero luego levantan la mano y gritan siiiiiiii (creo).

 

Segundo, cuando el mono besa al pingüino. Son dos machos besándose. Chévere.

 

Tercero, el pingüino que se casa con la muñeca de madera. Eso es lo más raro que he visto. ¿No es una perversión? Claro que podemos verlo como amor del puro.

 

Cuarto, la hipopótamo y la jirafa enamorados, a pesar de saber que son completamente diferentes, que nunca podrán reproducirse (a no ser en la alucinación de los creadores) y que no es lo “natural” que dos animales diferentes se junten. Pero el amor lo puede todo.

 

Estas dos películas educan más a los niños que 10 años en el colegio, porque nos enseñan de forma lúdica, graciosa, simple y divertida, que en el mundo hay de todo, gente débil y gente fuerte, gente que se ama y gente que se deja amar sin importar el sexo, el género o la identidad sexual en que categoricemos a los seres humanos. Nos demuestra que todo es posible solo viendo las cosas con otros ojos, con los ojos del amor y de la comprensión. Y yo quiero que mi hija crezca con esos ojos, abiertos al mundo real, sin miedos ni vergüenzas por situaciones que se dan en forma natural y que no podemos evitar (ni queremos hacerlo), con ojos que no juzguen (menos a mí), ni discriminen, ni marginen, ni rechacen, sino que acepten, que comprendan, que sepan, que toleren y que amen.

 

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