¿Bi?

Recuerdo la primera vez que fui al mhol (el año pasado), y solté las cadenas que me ataban a un deseo inconcluso. Fue a los 28 años. Me paré en la puerta y me atreví a tocar el timbre. Algo que estuve esperando por casi 10 años cuando me acerqué por primera vez a esa puerta con una amiga del cole, las dos teníamos 17 y estábamos terminando el cole (o ya lo habíamos terminado) y creo que mi amiga ya sabía de mi asunto o fue con unas amigas de la universidad cuando estudiaba Derecho y la excusa era el curso de Medicina Legal. No lo sé, pero la cosa es que estaba ahí parada luego de las 5 vueltas que le di a la cuadra y no me atreví. Diez años después volví a pararme en esa puerta, con toda una vida a mis espaldas, y por fin mi brazo reaccionó a lo que quería mi cerebro y mi dedo presionó el timbre.

 

Pero sobrevivir todo este tiempo, después de darme cuenta a los 8 años que yo no era como las otras niñitas coqueteando con niñitos, sino escondiéndome de todas y mirando a las chicas bailar, pero sobre todo, a ella, no fue difícil, y ahora, 20 años después analizo porqué fue tan fácil sobrevivir sin cumplir todos mis deseos. O sea, los que no son tan difíciles de cumplir pues, como acostarse con alguien.

 

Y lo analicé porque recordé la conversación con un amigo gay que no cree en los hombres bisexuales. Y yo tampoco creo mucho en ellos. Es decir, sí creo que puedan acostarse con hombres y mujeres, lo que no creo es que prefieran a las mujeres antes que a los hombres. Entonces, un hombre bisexual es un gay que de vez en cuando se acuesta con mujeres (según yo). Aunque cerrarme en esa idea sería ir contra mis principios.

 

Pensaba en este asunto de la bisexualidad porque técnicamente yo soy bisexual (y creo que hasta legalmente lo sería), pero no me gusta aceptarlo por eso de los términos medios. Y es más, las primeras veces que fui al mhol yo me denominaba lesbiana y me sentía muy orgullosa de ello y a las que eran bisexuales las miraba raro y como que las discriminaba un poco.

 

Y digo técnicamente porque las categorizaciones siempre son complicadas ya que limitan el espectro de posibilidades que uno quiere mantener lo más abierto posible en su vida (me refiero a mí, no a todas) y no me gusta denominarme de ninguna forma posible, esa es mi política, y si al final tengo que hacerlo doy múltiples posibilidades. Y además creo que existen muchos tipos de bisexualidad y es por eso que sobreviví todo este tiempo sin ningún problema así terrible y pude enamorarme de hombres y mujeres también sin ningún problema. Están las bisexuales a las que les gustan las chicas heteros, las que le gustan chicos que parecen chicas, las que les gustan chicas que parecen chicos, y muchas formas más.

 

Mi tipo de bisexualidad iba dirigida a hombres heteros y mujeres lesbianas. Es decir, no me gustan los hombres gays, que pueden ser muy varoniles o no. No me gustan los chicos superguapos ni los afeminados ni los delicados. Me gustan (o me gustaban porque hace tiempo que me dejó de interesar el asunto con los chicos) los varoniles o viriles o como se les diga. Y me gustan las lesbianas, de eso no hay duda. Y ahí está la clave de mi superviviencia: no se han cruzado muchas lesbianas por mi vida.

 

Esa es la purita verdad. Después del primer chispazo de lesbianismo en la infancia nunca otra chica me llegó a gustar de una forma que me hiciera renunciar a todo. A pesar de estudiar en un colegio de mujeres desde sexto grado de primaria hasta terminar. O simplemente ninguna lesbiana se cruzó por mi camino. O cuando lo hizo yo no le interesaba. O simplemente yo no me di cuenta. Y cuando por fin decidí dar ese paso que fue tocar el timbre del mhol, y ver tantas lesbianas ahí de todas las formas y colores y me sentí tan en casa, tan cómoda (con las obvias incomodidades derivadas de mi persistente fobia social) fue que descubrí porqué pude llevar una vida cuasi normal.

 

Me gustan las lesbianas, me gustan las lesbianas, siiiiiiiiii. Aquellas que en sus ojitos reflejan un no-sé-qué que no tienen las heteros. Ese no-sé-qué que solo podemos reconocer entre nosotras y que nos hace tan especiales. Y cuando lo descubrí se abrió un mundo de posibilidades desconocido para mí. Y el camino que recorrí fue esperanzado e ingenuo al principio, inhóspito y desesperado en el intermedio, y tranquilo y pausado actualmente. Después de ser alumna aprovechada ahora puedo ser maestra. Porque cargué con todo lo que tenía que venir después de tocar el timbre y decidir dar el paso definitivo, y seguiré cargando con ello, de eso no hay  la menor duda, pero mis hombros ya se curtieron y mi corazón ya está maduro. Y mi cerebro, bueno, él sigue raro.

 

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