Palabras

Recuerdo que de pequeña yo tenía terror de decirle a mi madre que me gustaban las chicas. Mi temor era tal que llegué a no contarle nada de mí, porque sentía que ese tema era primordial y todo lo demás se convertía en secundario. Mi madre no sabe nada más de lo que puede ver exteriormente y lo que sospecha o imagina, nunca supo cuáles eran mis sentimientos ni emociones, ni conoció mis alegrías y mis penas con respecto a ese tema.

 

Ahora que yo soy madre trato de que mi hija no tenga el menor miedo de decirme lo que siente. Que no se avergüence de lo que desea, que no tema lo que quiere, que no oculte lo que piensa. Y para mí es una lucha constante con lo que le dice su padre y con lo que le digo yo. Porque ella ya se ha dado cuenta que a su papá no le gusta que toque esos temas o que sean parte de su conversación.

 

Se da cuenta que le desagrada y que no le parece adecuado. Que se molesta y reniega. Pero que a él no le guste no significa que no lo voy a hacer. Entonces ella se encuentra entre dos visiones distintas y confronta mucho su forma de pensar y de ver las cosas. Ella no quiere molestar a su papá, pero tampoco quiere dejar de sentir o pensar lo que siente, y menos ocultarlo.

 

Cuando vio en una revista Somos, que yo estaba, leyendo la foto de dos chicos besándose por una campaña contra la homofobia en Alemania, me miró y dijo: mi papá lo va a ver.  Como queriéndome decir que podía molestarse. Yo le dije que ya lo había visto, que no había problema. Cuando me vio con el polo de diversity le gustó mucho y se dio cuenta que las tres parejas eran diferentes y no se sorprendió lo más mínimo, pero cuando vio que su papá llegaba me dijo que lo esconda, pero más en son de broma que con miedo, como si las dos tuviéramos un secreto que guardar, un secreto que nos hacía diferentes y a la vez cómplices.

 

Y no lo escondí ni me lo quité y estuve todo el día con el polo solo para que ella vea que no es necesario esconder ni guardar nada, y que mientras más ventilemos nuestros sentimientos más libres seremos de poder enunciarlos, de poder ubicarnos en una situación de poder, de hacerlos tangibles en palabras y acciones. Luego me cambié para salir y puse el polo en la ropa sucia. Cuando regreso veo a Cami durmiendo tranquilamente con mi polo puesto.

 

Una vez que ella conversaba con su papá y le preguntaba qué iba a ser de grande, y él le decía que iba a crecer, estudiar, tal vez casarse con su novio y tener hijos. Yo la veía escuchándolo silenciosamente y como queriendo decirle algo por esa ansiedad que había en su mirada. Y cuando terminó de conversar con su papá viene a mí y nos sentamos juntas a ver tele y me dice en mi oído: yo me voy a casar con Jossie. ¿Te vas a casar con Jossie? Si, me dice, con una seguridad que me sorprende.

 

Y me alegra que mi hija tenga la confianza suficiente para decirme qué es lo que quiere y qué es lo que no. Y cuando ella crezca un poco más y ratifique sus sentimientos hacia otra persona no tenga que ocultar nada ni pasar por una infancia semidesgraciada para sentirse orgullosa de sus deseos.

Perdida

El viernes fui al lez4lez porque mis amigas y yo queríamos conocer el sitio. Cuando llegamos nos enteramos que iba a ir Lucecita. Después de un baile muy excitante de tres chicas, Lucecita llegó, la verdad no sé a qué se dedica ella, no sé si es conductora, animadora, actriz, figuretti. No tengo idea de cuál es su oficio, pero bueno. Cuando entró al local pasó de la mano con su esposo. Luego subió al escenario e hizo una pequeña presentación, y no sé cuánto le habrán pagado por eso, porque no fue gran cosa, y no habrá durado ni media hora.

No sé porqué no me gustó su actitud. Me parecía que todo el tiempo trataba de reafirmar su heterosexualidad. Cuando mandó saludos a su esposo y le dijo que lo amaba, cuando dijo que era la primera vez que estaba en un lugar de ambiente, como señalando que NO era lesbiana ni quería serlo. Cuando subieron unas chicas y se notaba que no quería bailar con ellas, pero lo hizo por obligación, y cuando invitó a bailar a una chica que, yo sospecho, ella conocía. Después del baile terminó todo su show.

Vi a la chica que me gusta desde hace un buen tiempo, y no sé porqué me gusta ya que todas me dicen que es fea, quizás sea por eso, la belleza física nunca me ha interesado mucho, es decir, en una relación personal e íntima, eso me parece lo de menos, porque sé que cuando una persona no es muy agraciada físicamente desarrolla otro tipo de capacidades para socializar, y la verdad el tema de la belleza o fealdad no me gusta para nada, es más, detesto hablar de él, aunque lo hago y a veces muy sarcásticamente, pero en el fondo, es lo que menos me importa de la gente.

Continuando el relato, mis amigas me hicieron roche con ella, yo me sentí pésima y nos fuimos a otro lado. Creo que ya fue. No me gusta sentirme así por otras. Es decir, yo puedo sentirme mal por mis propios problemas y mis jodas personales, pero no resisto que otras me hagan sentir mal, no me gusta el dolor que pueden hacerme sentir desde el exterior, me quedo con mis dolores internos, propios, buscados, sean auténticos o no, los otros, los que me causan ajenos a mí me parecen insoportables.

Y de ahí, el desastre. Después del vodka todo se pone al revés, estuve en el vale, en el lez, en el vale otra vez, en el burger y no sé dónde más. Llegué a mi casa temprano en la mañana y me prometí, una vez más, con el dolor de cabeza encima y esa sed espantosa e insaciable que me perseguía, que nunca más. Otra vez una promesa inútil. Otra vez a lamentarme de todo lo que hice.

No me arrepiento, pero no puedo evitar sentirme mal cada vez que lo recuerdo, y tampoco puedo evitar reírme de mí misma pensando en todo eso. Así que “promesa cumplida”, no lo voy a contar por el momento.

Apuntes

Después de mi clase de Chino hice tiempo un buen rato para poder estar en la conferencia sobre diversidad familiar y madres lesbianas que organizaba gpuc-guds.

Invitaron al sociólogo Giancarlo Cornejo, quien es el que hace el Taller sobre Judith Butler (al que voy cada dos viernes); a Susel Paredes, abogada y activista del movimiento lésbico; y a Claudia Montalvo, quien es una madre lesbiana, es decir, conforma una familia de dos madres lesbianas y un hijo que nació dentro de esa unión (porque madres lesbianas debe haber un montón, conozco a varias, yo mismo soy una). Ella y su esposa serían el modelo prototípico de familia conformada por dos madres y un hijo.

Estuvo bastante entretenida, fueron bastantes alumnos, el salón estaba lleno. Yo estaba con mis amigos E y L, vi a varias chicas conocidas y pude observar como se va gestando un movimiento activo y combatiente dentro de una universidad que no se caracteriza por la pluralidad de pensamiento frente al tema homosexual.

Me sorprendió un poco que uno de los organizadores pidiera que no se hagan comentarios que puedan molestar a los invitados, lo que estaba un poco fuera de lugar, aunque quizás había pasado antes, quién sabe, y mejor es prevenir que lamentar. Pasaron los resultados de una encuesta que realizaron y dieron inicio al evento.

Empezó Giancarlo, y a mí me gusta mucho cómo expone sus temas porque rompe con algunas normas que se supone uno debe seguir en determinados actos, en este caso, un acto académico, en donde se mantiene frente al público una actitud de autoridad y de cierto poder (que da el conocimiento), con una ropa determinada y una voz neutralizada en el sentido de que solo hay dos voces (hombre o mujer).

Él es muy sencillo, enrojece con facilidad, es afeminado, usa palabras que “académicamente” no se usarían como: maricón, machona, culo, tirar, etc., y siempre está tan metido en su tema que no se fija en el tiempo, lo que hace la exposición muy espontánea.

Lo que puede resultar chocante a primera vista a un público no habituado a este tipo de presentaciones es que una “loca”, como a él le gusta llamarse, maneje argumentos y herramientas de las ciencias sociales con una soltura que solo lo da el conocimiento profundo del tema y lo exponga performando su feminidad y haciéndola obvia. Yo creo que lo hace con una intención política muy fuerte que es la de romper estereotipos académicos y de género.

Él argumentó cuatro cosas:

1. “Hay tantos niños abandonados en el mundo que se abre la posibilidad de darlos en adopción a parejas de gays y lesbianas de clase media para que puedan cuidarlos”. Esto nos lleva a repensar lo que se está confrontando con esta afirmación: que la pareja heterosexual biparental es la ideal y que, en su defecto, y solo en su defecto, es posible que otro tipo de parejas puedan tener o adoptar niños. Lo que nos lleva siempre a vivir bajo un sistema heteronormativo que permite y tolera la existencia de otras formas familiares, pero siempre haciendo hincapié en que no son lo correcto, lo bonito, lo normal, lo convencional, lo bueno. Romper con esos esquemas es trabajo de nosotros.

2. “Un niño que vive con padres gays o lesbianas va a tener dudas sobre su sexualidad” (yo crecí con padres heterosexuales y siempre tuve dudas sobre todo, especialmente sobre la sexualidad). Que un niño tenga dudas sobre su sexualidad no debe ser un problema, es más, debería ser lo convencional, dar por sentado y no cuestionar debería ser un síntoma de que algo anda mal, darle la vuelta a las cosas y crear nuevas formas de conocimientos es lo mejor que podemos ofrecerles a nuestros hijos, que tengan dudas, que pregunten y que se sientan con la confianza necesaria para hablar sobre sus dudas es una garantía de que quizás estamos haciendo bien nuestra labor de padres.

3. La tensión entre el movimiento LGTB con el Estado. A la vez que le pedimos al Estado que intervenga en nuestras vidas cuando buscamos que legislen sobre nuestros derechos, también le pedimos que salga de nuestras vidas al inmiscuirse y querer legislar sobre lo que podemos hacer o no con nuestro culo (“lo que le meta y por dónde lo meta es mi problema”).

4. No todo vínculo debe ser biológico. Hay vínculos de amistad más importantes que los familiares. Los travestis, por ejemplo, forman comunidades que se convierten en familia para ellos, ya que muchos son expulsados de sus hogares (yo tenía una amiga que le decía “papá” y “mamá” a una pareja de lesbianas amigas y ellas le decían “hijo”, y a la pareja de ella “hija”, y tengo la ligera sospecha de que las cuatro conformaban en su momento una familia auténtica). La sociedad nos dice que no tenemos derecho a vivir, y nosotros, formando familias diferentes y diversas, familias que rompen las reglas de lo establecido y de lo ideal o de lo prevaleciente le respondemos que la vida sí es posible, que los márgenes no son tan invivibles, que se puede ser feliz a pesar de todo.

 A todo esto se suman dos argumentos implícitos:

1. Lo peligroso que es caer en la reidealización de la madre y asociarlo al cuerpo femenino.

2. La creencia de que solo puede haber vida en marcos heterosexuales. Asociamos la vida, lo bueno, lo reproductivo a la heterosexualidad, y la muerte, lo malo, el sida a la homosexualidad.

Y una frase que me quedó grabada: “Yo soy un hombre heterosexual porque deseo a la mujer que jamás quisiera ser” 

En un momento, una de las conferencistas preguntó quién tenía más de 25 años, y mis amigos me miraron para que levantara la mano, pero no quise; luego preguntó si había alguien que era madre o padre, y de nuevo me miraron para que levantara la mano, pero nada; también preguntó si había alguien heterosexual y ahí era imposible que levantara la mano, pero si hubiera preguntado si era homosexual tampoco hubiera levantado la mano.  Y no es una cuestión de miedo a reconocerme como una cosa u otra. Me sentí medio mutante siendo la única que entraba en dos categorías: mayor de 25 años y madre, junto a un grupo de gente muy joven. No es una novedad “ser” diferente, ni tampoco “sentirme” mutante, pero no me gusta “sentirme” diferente ni mucho menos “ser” mutante.