Viviendo a la contra

El jueves fue mi cumpleaños, me estoy acostumbrando a la idea de tener 30 y ahora hasta me parece gracioso. Decir mi edad siempre ha sido una cosa compleja, cuando tenía 18 me decían que parecía de 12, cuando tenía 20, parecía de 15, cuando tenía 25 parecía de 18, ahora que tengo 30 imagino que parezco de 25. Quién sabe.

La cosa es que siempre tenía que cargar mi dni para poder entrar a alguna discoteca, y a mis amigas no les pedían nada porque parecían mayores que yo, pero eran menores. Para ver alguna película para mayores de 18 era lo mismo, tenía que mostrar mi dni a la hora de comprar el boleto.

Cuando digo que tengo 30 la gente no me cree, hasta mis compañeros de universidad se sorprenden y eso que llevo con ellos compartiendo cinco años de estudios. La mayoría recién se entera de mi edad porque se imaginaban que tenía la misma edad que ellos.

Cuando digo que tengo una hija se sorprenden aún más, y cuando lo digo sin decir mi edad, me dicen: ¿cuándo la tuviste, a los 15?

Cuando les digo que a pesar de estar separados sigo viviendo en casa del padre de mi hija, que es mi mejor amigo, que nos queremos mucho, que su familia no sabe pero tampoco le importa lo que hagamos con nuestras vidas, les parece algo completamente irracional. Luego les menciono que cuando era adolescente, mis padres se separaron y mi madre se fue pero un tiempo después volvió a casa con sus dos nuevos hijos y mi padrastro incluido, y que mi papá los aceptó, y nosotros vivíamos en el primer piso mientras ellos en el segundo, se quedan idiotas.

Cuando les digo que no soy heterosexual, pero tampoco homosexual, ni mujer ni lesbiana, ni bisexual, aunque políticamente soy mujer lesbiana madre negra pobre provinciana analfabeta migrante trabajadora sexual, me miran como si estuviera recontra loca.

Y me da risa ver en sus rostros la sorpresa, la extrañeza, el temor. Una “mujer” que dice que no es “mujer”. Una “lesbiana” que no quiere ser llamada “lesbiana”. Una “madre” que se rebela contra los estereotipos de “madre”. Una “chola” que se denomina “negra”. Una “limeña” que se sitúa como “provinciana”. Una “situada” que se alucina “migrante”. Una “universitaria” que se llama a sí misma “analfabeta”. Una “puta” que se imagina “trabajadora sexual”.

Construcciones lingüísticas que nos ubican en posiciones sociales. Construcciones que hay que destruir. Discursos que hay que socavar. Siempre del lado del oprimido, nunca del opresor. Siempre del perdedor, nunca del que triunfa. Siempre del que tiene todo que perder y nada que ganar. Siempre al lado del desposeído, del sin voz, del nativo, del salvaje, del primitivo, del bárbaro, de los ciudadanos de segunda clase, de los incivilizados, de los nacidos sin ventajas ni oportunidades, del preso, del herido, de la víctima, del extraño, del confundido, del raro, del anormal, del muerto. Siempre del lado de mis hermanos.

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