Renuncias

Escuchando a mi profesor de Género testimoniar sobre sus vivencias de niño en la conferencia de hoy me puse a pensar en algunas cosas relacionadas a lo que dijo, a cómo las palabras nos constituyen dentro de un marco de poder del que no podemos escapar, en el que estamos imbuidos y el que podemos actuar con pequeñas dosis de subversión casi inconscientes, pero nunca salir de él, solo podemos actuar dentro de esos límites porque no hay nada fuera de esos límites. Y me preguntaba a mí misma sobre las muchas actividades que me he negado a hacer por temor a no parecer “normal”. Porque claro, yo de niña quería ser muy “normal” porque estaba casi completamente segura que era la persona más anormal del mundo. Y una de estas actividades fue el fútbol.

Recuerdo que de pequeña me gustaba mucho, quería jugar todo el tiempo, patear la pelota, correr, empujar a los otros jugadores y sentir esa sensación de meter un gol, una sensación impresionante de triunfo y éxito.

Luego, como muchas otras veces, alguien terminó traumándome, alguien seguramente conocido, alguien que no sabía lo que iba a lograr con el tiempo, alguien que quería joderme porque tal vez jugaba mejor que él, alguien a quien le metí un gol, lo empujé, le quité la pelota de los pies, le pegué un codazo o una patada. Alguien que me dijo machona. Y solo con eso me detuvo en pleno, me paralizó en medio del juego, me hizo desistir de seguir tras la pelota, me hizo comenzar a correr más lento, tanto que ya solo caminaba, tanto que ya solo estaba parada, tanto que desaparecí del juego y me escondí en mi cuarto asustada pensando que en algún momento alguien vendría por mí y me revelaría el peor secreto del mundo, que yo era la peor cosa del mundo. Y luego me llevaría a la cárcel.

Y puso en duda mi sexualidad, que en ese tiempo yo comenzaba a confrontar y a sufrirla en carne propia. Yo la pensaba como algo que me lastimaba porque no me permitía integrarme a lo que eran mi padre y mi madre, ni a lo que serían mi hermana y mis hermanos. Yo me sentía la oveja negra, la que decepcionaría a todos, la que daba vergüenza.

Y me hizo vulnerable, me reveló un secreto que yo no había percibido: que cuando jugaba fútbol me entregaba totalmente y no guardaba las formas, es decir, el comportamiento adecuado de una adecuada mujer, sino que me volvía salvaje, violenta, despatarrada, sucia, loca, libre, feliz.

Y transformó mi mundo, mis expresiones corporales se volvieron más controladas, me comencé a vigilar constantemente para no parecer lo que no debía parecer: “un hombre”, porque había “nacido mujer”, porque todo el tiempo me decían que las “mujeres” no se comportan como los “hombres”, porque llevaba vestido y no podía estar por ahí corriendo como loca y enseñando el calzón.

Me volví una persona paranoica a la que no se le debían notar las imperfecciones, a la que no se le podría decir nunca que se comportaba “raro”, a la que los amigos de mis padres podrían mirar y comentar tranquilamente mientras tomaban una taza de café: qué linda niña, qué modosita tu hija, qué buena disposición tiene, qué amable, qué educada que es.

Debía comportarme como una mujer porque en ese tiempo ya había descubierto que me gustaban las chicas, porque fueron las chicas las que me gustaron primero, luego Pablito Ruiz (que al final creo que era gay), luego los chicos, creo que más por inercia, porque siempre estaban ahí, porque todo me empujaba hacia ellos, porque era fácil estar con ellos, porque no me gustaba lo difícil, y para mí las chicas eran una cosa complejísima que ni estudiando cientos de libros llegaría a entender, y para entender a los chicos no debía leer nada, es más, ni siquiera necesitaba saber leer.

Y también entendí que no tenía el más mínimo carácter para enfrentarme a todos ellos y decirles que me importaba una mierda lo que me decían, que yo quería seguir jugando fútbol porque me hacía feliz, porque me hacía saborear el triunfo, porque me hacía reír, sudar y compartir con mis amigos y amigas una sensación de unión tanática única, una sensación de matarnos entre todos por una estúpida pelota que se convertía en tu vida por media hora.

Pero así como me prohibí el fútbol, que confiné dentro de las actividades que solo pueden hacer los que han nacido con pene, así también confiné el vóley, que según mi mundo, era lo que debía jugar. Lo odié, porque si no se me permitía algo, yo no me iba a permitir lo otro, porque si no podía jugar a ser hombre tampoco jugaría a ser mujer, y así como renuncié a carritos para que no me sigan jodiendo, también renuncié a muñecas, y así como renuncié al cabello corto que me parecía más cómodo y fresco (y mi vieja no dejaba que me lo cortaran así me infestara de piojos), así también renuncié a vestidos, a los zapatos de charol, a rezar antes de cada comida, a aprender a cocinar, a maquillarme, a usar pantalones ceñidos y a la cadera, a las blusas con escote, a aretes y sortijas, a collares y pulseras. A todo lo que sentía que me obligaba a ser algo que no quería. A ser un objeto que tiene que transformarse para el placer de otros, primero para el placer de mis padres que me querían ver hecha una mujercita, luego para el placer de varones que me querían ver hecha un mujerón.

PD: Esta historia continuará.

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