Alicia-Abencia

Todos somos testigos de la tragedia de Alicia Delgado y Abencia Meza. A la primera la han asesinado cruelmente, a la segunda la están asesinando en vida. A la primera la han torturado antes de morir, a la segunda la están torturando sin que muera, y aún más, ella vivirá con la tortura de recordar e imaginar hasta su muerte, cómo ha sufrido la mujer que amaba antes de morir.

Alicia y Abencia conformaban una de las parejas sui generis de la farándula local, siempre demostrándose su amor y siempre negando que se amaran. Siempre levantando sospechas y siempre tratando de mantener esas sospechas en solo sospechas, aunque todos viéramos que era otra cosa, aunque todos los que alguna vez hemos amado fuéramos testigos de cómo una pareja que se ama tenía que negar ese amor por mantener una carrera artística sin “mancha”.

Fue una pareja que nunca pudo decirle al mundo entero que eran una pareja. Fue un amor que nunca pudo decir su nombre en mayúsculas.

Yo me pregunto si ahora la que sobrevivió a ese romance no se arrepentirá de haber jugado al “no somos pareja, solo amigas que se quieren mucho”.

Yo sé lo que es tener que ocultar que se ama a alguien que no es aceptado y sé lo que se sufre, sé también que lo que más quieres en este mundo es decírselo a las personas que quieres y el dolor de no poder decírselo, de tener que mantenerlo en secreto. Conozco esas ganas de besarla frente a todo el mundo y que el mundo se meta la lengua en el culo.

Y simplemente, lo que esas dos mujeres pasaron me resulta insoportable. Aún más siendo mujeres empoderadas y queridas en su círculo artístico. Me pregunto si realmente hubieran perdido mucho con revelarlo. Me pregunto si valía la pena ocultarlo. Me pregunto si decirlo es tan terrible. Decirlo.

Al secreto se añade otro dolor. La familia de la difunta no permitió que Abencia estuviera en el velorio y en el funeral. No reconocieron el hecho de que fueran pareja por varios años, de que se amaran a pesar de todos sus inconvenientes, peleas, escándalos y confusiones. Una no tenía el menor derecho sobre la otra. Una estaba completamente vulnerable a las decisiones de parientes egoístas e insanos. Una era ilegítima frente a todos. Una no valía nada.

No pudo despedirse, literalmente, de su cadáver. No pudo hacerle un duelo presencial, no pudo tocarla por última vez, no pudo llorar su tristeza junto a su cuerpo, no pudo mirar sus ojos cerrados y pasar su mano sobre el rostro frío, pero amado, antes de que desaparezca para siempre bajo tierra. No pudo.

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