Traumitas

Inicial. 5 años. Miedo. Mi primer día de clases, mi mamá me dejaba con una señora sonriente que me decía que me quede, que jugaría mucho y que me daría caramelos. Yo quería llorar pero me aguantaba, no quería que me vieran llorar y en esto coincido con aquellos que gracias a diversas investigaciones dicen que la vergüenza aparece en los primeros meses de vida. Los recuerdos más vívidos que tengo de la infancia son, generalmente, de mis vergüenzas. Así que yo estoy completamente segura de que la vergüenza me ha formado, ha formado mi personalidad y todo lo que soy ahora.  

Y no sé porqué, pero yo estaba segura de que si lloraba me exponía a ser siempre recordada como la llorona, como la cobarde, como la lorna, y me aguantaba solo para no ser vulnerable, obviamente yo ya debía tener experiencia en estas cosas para saber cómo se manejaban los niños de mi edad.

No hubo mucho problema en ese tiempo, yo era tímida, reservada y callada, poco popular, tranquila, una más del montón. Estudiaba en un colegio católico privado, los profesores nos castigaban jalándonos las orejas o las patillas, golpeándonos con reglas las manos, una vez por no hacer la tarea chocaron mi cabeza con la de otro compañero, el que estaba a mi lado que tampoco había hecho la tarea, nos golpearon tan fuerte uno contra el otro que casi me desmayo si no fuera porque yo estaba cerca de la pared. Odié a la profesora, soñaba con mil formas de matarla, aprender a construir una bomba y ponerla en la puerta de su casa, cosas de ese tipo.

Una vez me quejé con mi papá, él fue a hablar con la directora, la directora habló con la profesora. La profesora me llamó a adelante (yo siempre me sentaba atrás) y dijo que cómo era posible que yo dijera esas cosas. Yo no sabía qué hacer, me sentía completamente indefensa, todos me miraban y creo que ahí pudo haber comenzado mi fobia social. La profesora me jaló de las orejas y me dijo que regresara a mi sitio y que estaba castigada. Nunca había odiado tanto a alguien, nunca me había sentido tan indefensa y miserable, nunc a más, de niña, pude levantar mi voz de protesta. Nunca volví a quejarme.

No encontraba refugio en mi casa, mi hermana vivía en su mundo, mi madre andaba en sus cosas, mi padre preocupado por el trabajo, yo me escondía en mi cuarto y a pesar de todo creía que la vida aún era soportable, que crecería y mataría a todos los que me habían hecho llorar o sufrir. Mis deseos de muerte eran terribles, me consumían, y yo me pregunto cómo una niña de ocho años puede acumular tanto odio y puede, después de muchos años, sentir que el odio ya no es parte de su vida y que es lo que menos sentiría en estos tiempos.

Recuerdo que no quería acumular tanto odio y decidí, en lugar de ser una fuerza que llevara dolor, una especie de mártir, así que la biblia y dios se convirtieron en mis panaceas, estaba tan entusiasmada que hasta quería ser monja. Luego llegaron los Testigos de Jehová y me sacaron del catolicismo, pero no solo eso sino que me dieron fuerzas para rebelarme a algunas imposiciones del colegio como rezar.

A la hora del rezo todos tenían que pararse, persignarse y comenzar a recitar el padrenuestro. Yo me paraba pero no me persignaba ni oraba. Todos me miraban, pero no me importaba, me sentía feliz de saber que estaba haciendo lo correcto. La profesora se acercaba a mí y me preguntaba por qué no rezaba, le decía que mi religión no me lo permitía. No me decía nada, pero me miraba con una cara de asco increíble. Lo mismo pasaba en la formación ya que yo no ponía mi mano en el pecho y cantaba el himno nacional. No me trajo muchos problemas pero sí hizo que me alejara más de la gente. Entre todos los católicos yo era la única loca no católica que se atrevía a dar la contra. Pero yo encontraba fuerzas en la fe que profesaba en ese tiempo. Luego me aburrí.

En quinto me di cuenta de que me gustaban las niñas más que los niños. Y volví a traumarme. Porque otra vez me alejaba de las normas establecidas y ahora no era por voluntad propia sino porque no podía evitarlo, me sentí muy jodida porque sabía que era una batalla perdida pensar siquiera en ser “normal” como todos. Después de mucha reflexión y tristeza empecé a aceptar que podía ser mejor, diferente y especial.

Pero esta sensación siempre iba acompañada de que debía demostrarlo. Y me he pasado toda la vida tratando de demostrar que valgo, y eso me jode mucho, estoy cansada de demostrar que puedo hacerlo, estoy cansada de demostrar que merece la pena que me den una oportunidad, estoy cansada de estar cansada de todo. Estoy en mi etapa depre otra vez, dejé las pastillas un tiempo porque me sentí empoderada, ahora vuelvo a sentir que todo mi poder se va a la basura, vuelvo a pensar en las pastillas como alternativa, es eso o es volver a encerrarme en mí misma y dejar que todo se vaya por la borda. La historia de mis traumitas no termina aquí, pero ya me cansé de escribir. Seguiré en otra oportunidad. Necesito mi tacita de café.

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