Promesas

Hay dos cosas que me ponen a mí muy vulnerable: 1) hablar de mi infancia, y por ende, de mis padres; y 2) hablar del amor, y por ende, de mis fracasos.

El martes me sentí así con el número 1 porque fue como descubrir una nueva vida para las demás chicas que estaban reunidas ahí en ese momento. El jueves me pasó con el número 2 mientras estaba en el carro con P yéndonos a nuestras casas, después de ir a un concierto de música clásica contemporánea.

Imagino que me siento vulnerable porque son cosas que no pude controlar en mi existencia. O son experiencias que me desnudan totalmente. Y es así como me siento cuando hablo de mi niñez o cuando recuerdo amores pasados: desnuda y con frío.

Una anécdota: un día fui con Cami a la última feria del libro, vamos a la parte infantil en donde los niños pueden leer, jugar y pintar, ya la había llevado a otras ferias así que no era una novedad para ella. Llegamos y la dejo un ratito (como lo había hecho antes) en el stand infantil, no serían ni quince minutos en que me doy la vuelta y me dirijo al stand de al frente a coger algunos libros, cuando de repente escucho: Señora Verónica Ferrari, señora Verónica Ferrari, su hija Camila la está esperando en el stand principal. Yo me asusto de escuchar mi nombre, me asusto de saber que en ese poco tiempo Cami ha estado buscándome y que en ese mismo momento es una niña perdida. Dejo todo y corro a ver en dónde está. Cuando me estoy acercando la veo llorando de la mano de una señorita. Cuando me acerco su llanto se hace más fuerte y más desesperado. La chica me sonríe y se alegra de haberme encontrado. Le doy las gracias y abrazo a Cami, la consuelo y me siento terriblemente culpable. Le preguntó por qué y cómo se salió del stand infantil, que estaba bien resguardado cuando la dejé. Me dijo que yo no estaba, que esperó a que las señoras no la vieran para escaparse. Todo el tiempo me repetía: me dejaste, me dejaste, me dejaste. Y yo le decía: yo no te dejé, tú te saliste, no debiste haber salido, me hubieras esperado.

Recuerdo el sentimiento de angustia cuando me separaba de la mano mi madre, cuando no la veía, cuando solo veía gente desconocida y fea a mi alrededor y ella no estaba. Cuando en las noches yo esperaba que regrese y solo estaba mi niñera a mi lado, y me levantaba e iba al dormitorio de mi hermana y veía cómo dormía plácidamente mi hermana al lado de la suya (porque teníamos niñera para cada una, luego Alan y el aprismo nos mandarían a la mierda).

Me juré mil veces no repetir en mi hija lo que me causó mucho dolor a mí en mi infancia. Y creo que es una promesa muy pesada. Y es cierto cuando dicen que una solo puede comprender a su madre y perdonarla cuando una misma es madre. Ahora yo comprendo aunque no justifico los actos de mi madre, siento que puedo entrar en su cabeza y ver cómo pensaba y lo que sentía.

Trato todos los días de no ser como mi madre, pero a veces se me escapan cosas, como ese día en la feria. Cami ayer me habló de eso. Me dijo que no quería volver a ninguna feria del libro (seguro ha estado escuchando comentarios sobre la feria o ha leído alguna noticia, porque no recuerdo haberla mencionado), a pesar de haberle prometido varios meses antes, cuando aún tenía presente la sensación de abandono y miedo, que no volvería a pasar y que no me despegaría de su lado.

Le conté que cuando yo era pequeña me hubiera gustado vivir en una casa llena de libros. Me preguntó si los libros estarían en la cocina. Le dije que estarían en la cocina, en los baños, en los techos, en todos lados, que ese era mi sueño de pequeña. Me preguntó si hubiera querido una cama en forma de libro. Y me pareció genial y le dije que sí, una cama que se abriera como un libro y en donde yo podría soñar todas mis historias. Me preguntó si habría libros en el primer piso, en el segundo piso, en el tercer piso. Le dije que de eso no había duda, libros de muchos colores.

Me dijo que ahora sí quería ir a la feria del libro, que quería que le comprara muchos libros de colores, que quería llenar su habitación con libros y que buscáramos un libro-cama. Y añadió: pero ahora te pierdes tú. Ya, le digo, yo me pierdo. Vas donde la señorita que parece que mandara y le dices: señorita, no encuentro a mi hijita. Ok, le digo. La señorita te va a preguntar: ¿cómo se llama su hijita, señora? Y te va a tomar de la mano y te va a decir que no llores, entonces tú le dices, mi hijita se llama Camila Vega y no la encuentro, y lloras y le dices: yo quiero a mi hijita, yo quiero a mi hijita, ¿ya? Ya, sigo respondiendo. Luego, la señorita te va a dar un globo y te va a decir: no te preocupes, tu hijita está por aquí seguro; entonces, la señorita se va a acercar a otra señorita y le va a decir que diga: Niña Camila Vega, niña Camila Vega, su mamá Verónica la está esperando en el stand principal; y yo voy corriendo a buscarte ¿ya mamá? De acuerdo, respondo. Y te digo que ya no llores, que te calmes, y tú me sonríes y nos vamos ¿ya?

Cami no ha olvidado ni un segundo de lo que le pasó. Yo tampoco olvido.

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