G

Cuando la conocí yo tenía 19 y ella 17. Llegó para cuidar a mis hermanos pequeños y desde el primer día que la vi me enamoré de ella. Traía consigo una triste historia. Su madre agonizaba por el cáncer en un hospital estatal. Su padre estaba preso por violación. Su hermana menor iba de la casa de un tío al otro. Ella estaba perdida, se quedaba a dormir en las casas de sus amigas o con el enamorado de vez en cuando hasta que este la dejó por otra. Ya no sabía qué hacer hasta que casualmente conoció a mi mamá y casualmente mi mamá necesitaba una niñera. Y ella llegó a mi vida.

Yo ya antes había sentido un gusto especial por las niñas, pero nunca me atreví a decirlo sino muchos años más tarde. Me había enamorado de una compañera del salón cuando estaba en segundo grado de primaria. Y sí, es posible enamorarse a los 7 años y sufrir por ello, por la imposibilidad del amor. Ella era la niña más popular, yo era una más. Y todo el año escolar no dejó de mirarme con esa mirada altiva y fría con la que se dirigía a casi todos, incluso a los profesores. Todo el año no dejé de soñar con ella. Al año siguiente se fue a otro colegio y mi enamoramiento decayó hasta extinguirse.

No volví a enamorarme hasta la secundaria y de una amiga de la que no pensé enamorarme, ya que habíamos estudiado toda la secundaria juntas y nunca antes me había interesado sino hasta quinto de secundaria, unos meses antes de que terminara el año escolar y el colegio definitivamente. Ella tenía problemas con su mamá y yo fui la única en ese momento que pudo escucharla y nuestra amistad se fue estrechando más hasta hacernos inseparables.

Caminábamos por las calles abrazadas o de la mano. Íbamos y veníamos a todos lados en el colegio y después del colegio, cada día más próximas. Hasta que de un momento a otro dejó de hablarme. Justo cuando se acababan las clases y cuando ya era muy difícil que nos volviéramos ver seguido. Yo no entendía su alejamiento y sufrí mucho por eso. Sin explicaciones, sin palabras, sin despedidas. Dos meses después nos volvimos a  ver. Nos habíamos inscrito en la misma academia. Ella se acerca y me pide que la disculpe, que no fue su intención, que no entendía bien aún por qué decidió alejarse de mí, que tuvo miedo pero no sabía de qué, que quería volver a ser mi amiga, que todo volviera a ser como antes. Yo le dije: sí claro, no hay problema. Y no le volví a hablar nunca más.

Diez años después me enteré que se fue a Venezuela, que se había casado y que tenía dos hijos. Me aceptó en el facebook pero no conversamos de nada.  Luego me mandó un mensaje en el que me felicitaba por todo lo que hacía y solo puse “me gusta”. En ese tiempo separarme de ella no me costó mucho. Ahora mi estómago se revuelve cada vez que recuerdo lo que pasó y lo que no pudo ser.

Y la tercera fue G. en ese tiempo yo terminaba mi primer año de Derecho. Detestaba la carrera que estaba estudiando y pensaba en no volver más a la universidad a pesar de estar en el tercio superior. Simplemente no era mi vocación, no podía soportar esa carrera ni a mis compañeros ni a los profesores. Además, tenía problemas con mi madre y no quería seguir dependiendo de ella económicamente para poder estudiar. En esos trances estaba cuando llega ella. Bonita, risueña, conversadora. Un encanto de persona que conquistó a toda mi familia, y por supuesto, a mí.

Y de pronto esa niña que no había terminado el colegio secundario, que se enorgullecía de no haber leído ningún libro en su vida, que no tenía planeado nada para su vida, que solo quería divertirse, me convierte en prácticamente su esclava ya que yo vivía a sus pies, concediéndole hasta sus más pequeños deseos. Porque la adoraba, la deseaba, la necesitaba. Escuché todas sus historias tristes, me sabía punto por punto su vida almacenando información sobre ella, sus gustos, sus disgustos, sus afectos, sus odios. Todo. Para por lo menos tener eso de ella si no se podía tener nada más.

Y así estuvimos un buen tiempo hasta que todo comenzó a complicarse. Ella tenía un grupo de amigas de mal vivir. Salían todos los fines de semana y se emborrachaban a morir, luego se iban con el primer tipo que se cruzara en sus caminos. Yo en ese tiempo andaba con otros amigos. No tan borrachos pero igual de díscolos. No debí juntarlos nunca. Hubo toda clase de excesos entre nosotros. Pero yo solo pensaba en G, en lo que hacía o dejaba de hacer G, a quién miraba, con quién conversaba, con quién terminaba yéndose mientras mi corazón se encogía de rabia. Y yo estaba entre todos ellos como si estuviera aparte, mirando y cuidando a G mientras ella se perdía en la inconsciencia y ya no podía hacer nada para detenerla.

Cuando volvía a aparecer en mi casa después de una noche de perdición y se acercaba a mí, me besaba suavemente en el rostro y se echaba a mi lado como si nada hubiera pasado. Luego me envolvía con su pierna y juntas dormíamos todo el día, semidesnudas, esperando que el mundo solo fuera eso y nada más que eso.

En cierta forma ella marcó mi vida y mi forma de actuar en otras relaciones. Yo a ella le perdonaba todo, le aceptaba todo, le daba todo. Y hasta cuando peor me trataba y me dejaba por cualquier poca cosa que se le cruzara, yo seguía siempre dispuesta a esperarla. Ella sabía que yo siempre la esperaría, de eso no tenía la menor duda. Pero ahora, después de tantos años no recuerdo las cosas malas que pasaron entre nosotras, o mejor dicho, no las recuerdo con dolor, las recuerdo con una ligera sonrisa por mi inmadurez, mi timidez y mi poca resolución que no me permitieron ser feliz con ella.

Una noche, luego de que ella había tenido una cita con un chico, vino a mi cuarto, se echó a mi lado, se sacó la ropa, me abrazó muy fuerte y me preguntó si la quería, le contesté que sí que la quería con toda mi alma, que acaso no era evidente. Y ella me dijo que también me quería mucho, demasiado, que no la dejara nunca, que siempre estuviera a su lado, y le prometí que eso haría. A pesar de todo, eso haría.

Otro día, luego de habernos separado un tiempo debido a diversos contratiempos, ella viene y se echa a mi lado y me comenta. Siempre que estabas borracha querías besarme. Yo me sonrojo, pero no digo nada.  Ahora por qué no me besas, me pregunta. Porque no estoy borracha, le respondo. Y me arrepiento de mis palabras al instante, pero ya estaban dichas. Ella solo se rió, yo también. Nos abrazamos y nos dormimos.

Después ella se fue a Huaraz. Y yo hice que mi alma solitaria se consolara con cualquier cosa con tal de olvidarla. Pero era imposible, la extrañaba a muerte, me faltaba la respiración, solo quería dormir y dormir y sacarla de mi mente, dejar de pensar en ella. Empecé a salir con la que era su mejor amiga en otros tiempos, antes de conocerme a mí, y con la que tenía aún una relación muy estrecha. Y me perdí en su cuerpo entre alcohol y malas noches. Fue la primera chica con la que me acosté. Fue la primera chica a la que vi tener un orgasmo. Fue la primera a la que no me importó perder. Años después se casó con mi primo y tuvieron tres hijos. Luego se separaron. Yo no la volvía ver ni a tener contacto con ella. Pero cuando recuerdo a G no puedo evitar recordarla a ella. En recordarnos a las tres juntas, jóvenes, perdidas, imposibles.

Varios meses después G regresó de Huaraz. Y yo era la mujer más feliz del mundo. Me dijo que solo se quedaba un par de semanas en Lima, que estaba trabajando en un night club, que le iba muy bien, que no me preocupara por ella. Una semana antes de partir yo la veía cada día más triste. El momento de su partida se acercaba y ella no quería aceptarlo. Y yo tampoco. Las dos éramos almas en pena tratando de vivir lo más intensamente posible esos últimos días. No nos levantábamos de la cama si no era para hacer algo completamente necesario y urgente, y rápidamente volvíamos a envolvernos en abrazos rogando porque el tiempo no corriera, porque todo se detuviera, porque existieran los milagros. Pero algunos milagros son imposibles de cumplir.

Los dos últimos días yo la veía pensativa, hacía cálculos mentales, anotaba en hojas pequeños planes, me miraba y sonreía, luego se entristecía, luego volvía a sonreír. Yo solo la miraba tratando de perennizar su rostro, sus ojos, su sonrisa, su olor, su piel, su cuerpo en mi memoria sentimental. Luego de mucho reflexionar, el último día me dijo: ven a vivir conmigo. Qué. Sí, ven a vivir conmigo. Estás loca, le digo riendo. No, es en serio, allá también puedes estudiar, nos alquilamos un departamento, yo te pago los estudios, no te vas a tener que preocupar por nada V, te lo juro, pero quédate conmigo por favor, ¿ya? Pues supongo que está bien, pero G, no creo que soporte que sigas trabajando en ese night club, y en cierta forma me incomoda que me pagues todo. Eso se puede arreglar, me busco otro trabajo, compartimos gastos, lo que quieras, pero vive conmigo, no quiero separarme de ti otra vez. Está bien, le digo, viviremos juntas. Y nos damos el abrazo más feliz del mundo.

Unas horas después la acompañaba a tomar su bus rumbo a Huaraz. Llegando ella me enviaría los pasajes para ir allá. Dos días después tengo los pasajes en mis manos. Unas horas antes del viaje estoy sentada en el terminal esperando la hora para partir. Treinta minutos antes de que el bus parta me invade un desaliento espantoso que me inmoviliza los pies, el cuerpo, el alma, la respiración. Me hundo en el asiento, no me muevo y lloro silenciosamente. Lloro y lloro aproximadamente dos horas. Sin ilusiones, sin esperanzas tomo mis cosas y regreso a casa. Juré no enamorarme nunca más, pero hay promesas que son imposibles de cumplir.

Seis años después la volví a ver. Yo estaba separándome del papá de mi hija y empezaba a asumirme como lesbiana ya sin ningún temor. Ella tenía una relación con un futbolista famoso que estaba casado. Fuimos a tomar algo al Twin, conversamos sobre el pasado, rememoramos situaciones, eventos, amigos, sobre días y noches que no volverán. No pudimos evitar la tristeza, no pudimos evitar la alegría, y nos despedimos prometiéndonos volver a vernos, llamarnos, no perder el contacto.

 A las dos la vida nos llevó por rumbos muy diferentes y es completamente inútil arrepentirse de las decisiones tomadas. Pero siempre es posible preguntarse qué hubiera pasado si… aunque ya no sirva de nada.

Y ahora, ad portas de dejar a una amor atrás para siempre, ad portas de un nuevo año, ad portas de una nueva vida y nuevas responsabilidades, recuerdo a G, recuerdo su amistad y su amor, recuerdo su piel y sus abrazos, tanto como recuerdo los abrazos, la piel, la amistad y el amor de K. Y no sé si sentirme bien por haber vivido dos grandes amores o sentirme mal por haberlos perdido. Pero a pesar de lo bien o mal que me pueda sentir por todo lo que me ha pasado todo este tiempo no me queda más que asumir lo bueno y lo malo, lo triste y lo alegre, lo bonito y lo feo. Y seguir viviendo. Y seguir luchando. Y seguir soñando. Para mí otra posibilidad no hay.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s