la vida

La vida casi nunca es lo que una espera. Muchas veces ni siquiera se acerca mínimamente a los proyectos que nos forjábamos de pequeñas. La vida es aquello que te das cuenta que vives cuando todo a tu alrededor te dice que eso no es vida. Solo ahí la vida se muestra ante ti como algo que realmente es, ya no como un sueño, una meta o un anhelo, sino como la realidad. Cuando lo real te golpea es que realmente cuestiones qué es la vida, para qué se vive, qué sentido tiene seguir viviéndola. Y lo real no tiene que ser necesariamente una tragedia, a veces es el simple sinsentido, el vacío, el hastío, la angustia o el desamor.

Yo he pasado hambre junto a mi familia, hubo veces en que solo comía un tomate, una zanahoria y tomaba un poco de café en todo el día; he estado muchas veces, junto a mis hermanos, sin electricidad en casa, estudiando a la luz de las velas, porque no teníamos dinero para pagar la cuenta de la luz; he visto a mi padre empeñar hasta su vida con tal de que nosotros pudiéramos estudiar; he visto a mi madre deshonrándose para que nosotros pudiéramos comer; he tenido que ir al colegio junto con mis hermanos a pie y caminar muchas pero muchas cuadras de ida y vuelta porque no teníamos para los pasajes sin desayuno; he caminado con los zapatos rotos por mucho tiempo; en pocas palabras, he vivido y contemplado la pobreza de una forma muy cercana, pero nada de eso me hizo sentir infeliz, realmente infeliz, porque había gente que me amaba, y se sacrificaba tanto como yo me sacrificaba al ir y volver del colegio a pie, sin refrigerio y con los zapatos rotos; y seguro que es por eso que no le tengo miedo a la pobreza, aunque a mis hermanos les afectó de forma completamente diferente, mi hermana por ejemplo, le tiene terror a la pobreza y ha centrado su vida en salir de ella, y lo ha conseguido; yo le tengo el miedo al sinsentido, a que mi vida en algún momento no haya valido la pena ser vivida, que no haya hecho nada con esta vida que tuve, que mi vida no haya ayudado a otras vidas a vivir, y por eso la pobreza pasa a un segundo lugar en el orden de mis prioridades en el actuar.

Si me preguntan qué es peor vivir para mí, la pobreza o el desamor, yo respondería sin duda que el desamor, y supongo que mi hermana respondería lo contrario. Yo he vivido la pobreza y sé que esta no puede matarme, es más, me hizo más fuerte, más idealista, más guerrera. Sé que sin el amor de mis padres, un amor raro, frío, lejano, pero amor al fin y al cabo, no hubiera sobrevivido. Ese amor, con sus pro y sus contra, me ayudó a vivir y me capacitó para sobrevivir. Si ellos no me hubiesen amado, mínimamente, yo no sería lo que soy.

Con la pobreza yo nunca deseé morir, con el desamor sí. La pobreza nunca me impidió hacer nada que no quisiera, el desamor me inmovilizó en la cama, inmovilizó mi cuerpo, inmovilizó mi mente. Le quitó sentido a muchísimas cosas que eran realmente importantes para mí. Quizás cuando lo vea en perspectiva esto deje de tener tanta importancia, pero yo supongo que, conociéndome, si otra vez vivo una experiencia de desamor, será muy parecida, no creo que no haya aprendido a no sentir, solo aprendí a actuar de otra manera, pero ni siquiera estoy libre de repetir los mismos errores.

El desamor no me genera rabia, rencor, odio, que es lo que me gustaría que me genere, porque sé que esas emociones en algún momento pasan, y nunca se puede vivir con ellas toda la vida, pero una puede cargar la pérdida del sentido toda la vida. Una puede cargar cierta melancolía, cierta tristeza y ciertos vacíos hasta el último día de su vida. El tiempo y la distancia ayudan al olvido, pero así como nunca olvidé mis experiencias de pobreza. Porque marcaron en mí un devenir que formó mi personalidad. Así tampoco podré olvidar las experiencias de desamor porque también marcaron mi vida de forma indeleble, sobre todo, porque fueron errores debido a las pobres elecciones que hice, y obviamente, es diferente el sentimiento hacia una pobreza que me fue dada que hacia un desamor que fue, prácticamente, buscado.

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