Sin equipaje

Hace poco volví a ver a una persona a la que amé mucho. Hacia como cuatro o cinco meses que no la veía. En este encuentro pudimos hablar de muchas cosas que nos estaban pasando en el presente. Quizás yo hablé más. Quizás no quise saber tanto de su vida como creí en algún momento. Quizás en algún momento dejó de importarme lo que me pudiera decir, o a ella no le interesaba lo que yo pudiera decirle. Quizás hablamos poco y rellenamos el tiempo con tonterías. Quizás hablamos todo lo que teníamos que hablar.

Yo creía que volverla a ver me traería los recuerdos amargos de esos tiempos, pero no, no había ni recuerdos, ni rencor, ni pena. Me sorprendió la facilidad y la fluidez de este encuentro. Me sorprendió mirarlo todo desde otra perspectiva, desde una en donde el dolor ya no era parte del horizonte. En donde estupefacta miraba dos veces y me preguntaba cómo pude amarla tanto, cómo puedo no amarla ahora, cómo puedo amar a otra, cómo la vida puede ser tan frágil, tan extraña, tan sin sentido.

A veces escuchaba canciones que me recordaban esos tiempos y la tristeza me llenaba el alma. Y mientras las escuchaba unas lágrimas se me escapaban. Siempre que pasaba aquello pensaba que no era por ella, era por todo lo que tuve que pasar para dejar de sentir lo que sentía. Y sabía que aún cargaba un equipaje, una mochila a cuestas que no me dejaba andar con tanta facilidad como quería.

Luego de verla ese domingo pude asegurarme a mí misma que ya no hay ningún equipaje, que las canciones ya no tienen ningún sentido, que puedo mirar atrás y verlo todo sin rabia y sin melancolía, que ahora mi vida es nueva, que realmente tengo lo que quiero, a la persona que siempre quise, alguien en quien realmente puedo reflejarme, alguien que llena mis vacíos, alguien con quien crezco todos los días y eso me hace feliz, pero también me llena de miedo, miedo de perderla y volver a hundirme, y que esta vez nadie me saque de ese abismo, que la vida pierda otra vez sentido, que ya no esté conmigo, que vuelva a encontrarme sola.

No sé qué sentido tiene la vida si una va a vivir con miedo todo el tiempo. No sé qué sentido tiene la vida si una pierde lo que ama a pesar de todo.

Anuncios

Vidas paralelas

Me gusta imaginar que cuando tú nacías yo estaba a pasos de terminar la primaria. Que me comí todo el gobierno de Alan desde los 6 hasta los 11 años haciendo cola para conseguir pan y leche enci, y viví la ilusión de la gente cuando ganó Fujimori, el japonés que ofrecía honradez, tecnología y trabajo, y solo nos trajo neoliberalismo, miseria y corrupción, mientras tú aprendías a caminar, a hablar, a vivir en sociedad. Que cuando cae Abimael, yo tenía 12 años y tú ya tenías 2 y seguías jugando y disfrutando tu feliz infancia. Que cuando a mí me daban mi primer beso, tú entrabas a Inicial. Que cuando yo entraba a la universidad a los 18, tú tendrías 8 y estabas a la mitad de la primaria. Que mientras yo estaba en marchas contra la dictadura y nos golpeaban y reprimían, tú aún soñabas dulcemente protegida por tus padres. Que cuando yo huía de la universidad a los 20 harta de los futuros abogados y toda su falsedad, tú entrabas a la secundaria. Que las dos, en esas edades, aún no sabíamos bien qué queríamos, a pesar de todas las huellas que dejaba nuestro lesbianismo en el mundo. Que mientras yo me perdía, tú eras una estudiante dedicada. Que cuando mi hija nacía, tú entrabas en esa adolescencia que siempre es difícil de atravesar. Que cuando yo abandonaba mi antigua vida heterosexual y me decidía a ser feliz, tú entrabas en la vorágine de saber realmente lo que eras y enfrentar al mundo, un mundo que no estaba hecho para nosotras. Que cuando te conocí yo tenía 28 y tu 18, y por fin eras una ciudadana, y yo por fin era lesbiana, la mujer que siempre quise ser. Que a través de estos cinco años aprendí a quererte, confiar en ti, admirarte. Que a los 33 y 22 la vida nos juntó. Como quien no quiere la cosa. Como quien da un paseo. Como quien de pronto se da cuenta de que estabas ahí, de que estaba yo ahí, de que estábamos las dos en el momento justo, en la oportunidad perfecta, en la hora señalada. Como cuando de pronto todo se vuelve una gota de lluvia, un rayo del sol, un olor que trae mil recuerdos, un sonido que retrocede el tiempo, y lo atrapas con la mano y lo colocas cerca de tu corazón. Cerca de mi corazón.

Mi amor

Hace varios meses quise morir. El dolor invadió mi cuerpo por completo y no me dejaba. Se colaba por mis huesos las 24 horas y ni el sueño ni el aturdimiento me podían sacar de ese abismo en donde había caído. Creo que nunca sufrí en mi vida como en esos meses, y espero no volver a vivir algo así.

Ahora me sorprende mi ánimo tranquilo y mi felicidad. Estoy al lado de una mujer que amo y que admiro. Que admiro por ser una socióloga lesbiana feminista, de izquierda, radical, joven, activista, que me llena, que me hace querer saber más y hacer más, que me alienta, acompaña y es cómplice de mis travesuras. Que amo porque es lo que siempre quise, una mujer libre capaz de mantener una relación abierta, capaz de luchar contra todo lo que nos han metido en la cabeza sobre el amor, capaz de desprendimientos que a otras les cuesta la vida entera.

Me gusta estar a su lado, sentirme cómoda, dormir, soñar con ella. Me gusta todo el placer que somos capaces de sentir cuando estamos juntas. Me gusta pensar que valió la pena todo lo que pasó, porque la encontré a ella, a la mujer que quiero, que admiro, que lucha conmigo, que está tan loca como yo, que sueña conmigo, con la firmeza de sus 22 años. Me sorprende aún que pueda ser tan feliz conmigo, me sorprende su profundo compromiso con las lesbianas, me sorprende su militancia y su mística. Vivo en una constante sorpresa a su lado, y me gusta.