Recuperando

Recuperé mi bicicleta y otra vez pude sentir el viento en mi cara y llenarme de alegría. No fue como antes que me costaba pedalear. Ahora fui como el rayo. Recuperé también los espacios perdidos, esos a donde me había habituado y que había aprendido a querer poco a poco. El señor del jugo que me dice: “¿Un surtido casera?” o el de las naranjas que cuando paso, se ríe y me dice: “¿Juguito fiado? (es que andaba misiaza), la señora del menú que se acerca con una sonrisa a mi mesa y me pregunta: “¿Solo segundo no es cierto?”. Sí, solo segundo. O el de los periódicos que se queja: “Ya no me compras”. Y sentir que, carajo, no quiero seguir perdiendo más cosas. No quiero tener que dejar atrás los lugares y las experiencias que me hacen feliz, que me devuelven al hogar, que me llenan de cotidianidad. Menos cuando por fin siento que tengo algo mío y que no necesito de nadie para ser feliz. Menos cuando por fin estoy tranquila. Sentir que es por estos lados por donde yo quiero seguir construyendo mis relaciones, mis sueños, mi vida. Aprender a perdonarme, a aceptar que he cometido errores, a volver a quererme. Aprender a avanzar, a no dejar que me venza el dolor ni la soledad. Aprender a estar sola y que no cueste. A que tengo que darme tiempo y espacio para mí misma. A que tengo que volver a reconstruir casi todo, mi vida misma inclusive. Aprender a dejar, a perder, a alejarme, a llorar mis pérdidas, a llorar por ella y por mí, y por el adiós. Aprender a decir adiós y no mirar nunca más para atrás. Y si miro atrás, que sea sin dolor, sin malos recuerdos, libre y fresca. Y así será. De ahora en adelante ya nada es como antes. Y eso me hace feliz.

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