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Quería estar con ella en esos momentos más importantes de su vida, como quería que ella estuviera en los míos, en mi estreno teatral, por ejemplo. La invité un par de veces, le separé la entrada, pero nada, nunca fue. Lo viví en la soledad acompañada de las amigas. Sé que ella no tiene ninguna obligación conmigo, ni yo con ella, pero no puedo evitar sentirme mal por eso. Una decide por quién correr, por quién amanecerse, a quién cuidar cuando se enferma, a quien ayudar, a quien acompañar. Y a quién separar. Yo no soy la elegida.

Partir de su vida no es fácil. Desde que terminamos, en setiembre del 2017, hemos estado juntas como si no hubiéramos terminado nunca, hasta julio de 2018, con un intervalo grande en donde ella se metió en problemas, y luego volví a sus brazos y a su cama, pero ella ya no era la misma, cargaba un dolor que le resultaba difícil compartir, hasta que pudo contarme y yo me sentí muy triste por ella, porque sabía que lo que había hecho era irreparable, aunque intentara ser comprensiva con su situación.

Mi recuerdo de ella está cargado de nostalgia, a veces sentía que el tiempo se extendía solo para torturarme.

Ya es hora de embarcar… de salir de su vida completamente, de no esperar nada más, ni palabras de aliento, ni de compasión, ni de quejas, ni de nada. Salir… partir… partir de su corazón… y dejar descansar al mío. Es hora de zarpar en ese barco a cualquier lado lejos de ella.