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Quería estar con ella en esos momentos más importantes de su vida, como quería que ella estuviera en los míos, en mi estreno teatral, por ejemplo. La invité un par de veces, le separé la entrada, pero nada, nunca fue. Lo viví en la soledad acompañada de las amigas. Sé que ella no tiene ninguna obligación conmigo, ni yo con ella, pero no puedo evitar sentirme mal por eso. Una decide por quién correr, por quién amanecerse, a quién cuidar cuando se enferma, a quien ayudar, a quien acompañar. Y a quién separar. Yo no soy la elegida.

Partir de su vida no es fácil. Es tal vez una de las experiencias más duraderas de nostalgia y dolor que me ha embargado. Ni siquiera en mi primera relación, que casi me mató, sentí que el tiempo se extendía solo para torturarme.

Puse embarcado en lugar de embargado. Me quedé mirando la palabra un largo rato. Embarcar… embarcar… tal vez ya es hora de embarcar… de salir de su vida completamente, de no esperar nada más, ni palabras de aliento, ni de compasión, ni de quejas, ni de nada. Salir… partir… partir de su corazón… dejar descansar al mío.

Mi corazón necesita descanso. Es hora de zarpar en ese barco a cualquier lado lejos de ella.

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